domingo, 27 de septiembre de 2026

Resumen de la novela "Cándido"

Cándido se crió en un castillo en la Westalfia escuchando las explicaciones del preceptor Pangloss. Cándido fue expulsado del castillo por haber besado a la hija del barón: la señorita Cunegunda.

·  Una vez fuera del castillo de Thunder-ten-tronckh conoció a unos búlgaros, quienes lo invitaron a compartir una cena con ellos, le compraron vestimenta. Cándido se había convertido en el héroe de los búlgaros por haber citado una frase del señor Pangloss “todo va del mejor modo posible”. En poco tiempo fue encarcelado y azotado por los mismos búlgaros. Estuvo por ser ejecutado cuando el rey de los búlgaros lo absolvió puesto que éste era un joven metafísico que ignoraba las cosas de ese mundo.
·  Cándido presenció escondido la batalla entre los búlgaros y avaros. trató de refugiarse en una aldea, pero al ver que esta había sido incendiada por los búlgaros huyó rápidamente a otra. Escapándose de la guerra llegó a Holanda, donde pidió ayuda a varios señores de los castillos, quienes lo hicieron.
·  El protagonista tropieza con un mendigo a quien le da una limosna. El mendigo resultó ser Pangloss; estaba en un estado deplorable. Cándido lo llevo a la casa de un anabaptista para que le curasen sus heridas. El castillo donde habitaba su enamorada, Cunegunda , había sido atacado por los búlgaros y ella había muerto. Al cabo de dos meses de estancia en casa del anabaptista Jaques, viajaron los tres a Lisboa por necesidades del anfitrión.
·  Solo tres de los náufragos lograron salvarse. Pangloss, cándido y un marinero. Cuando llegaron a las costas de Lisboa notaron que había un terremoto. Fue una gran catástrofe y Pangloss y Cándido ayudaron a socorrer a todos los habitantes.
·  Cándido fue azotado en una ceremonia que suponía que era para que la tierra no temblase más. Fue castigado junto a un vizcaíno y Pangloss fue ahorcado. Luego de esta terrible ceremonia Cándido se fue arrastrándose y en ese camino conoció a una mujer, quien le ofreció su ayuda.
·  La mujer atendió y curó a Cándido, le ofreció albergue durante un tiempo. La mujer lo llevó al encuentro con Cunegunda, quien había sido violada y torturada pero no había muerto. Cándido contó su historia.
·  Cunegunda contó a Cándido todas sus desventuras ocurridas en el castillo de Thunder-ten-trockh. Habían matado a su madre, padre y hermano. Un capitán búlgaro que se indignó al ver cómo era violada Cunegunda, mató al violador y ella fue tomada como prisionera de guerra. Un judío que sentía gran atracción por ella la rescató, pero no consiguió nada de ella; luego Cunegunda era compartida entre el judío y Monseñor el inquisidor.
·  El israelita entró en la casa y vio juntos a Cándido y a Cunegunda. Entró en cólera y propuso un pleito contra Cándido; fue ganado por este último. A la madrugada del día siguiente Cándido sin vacilar dio muerte al inquisidor que había ido a disfrutar de los placeres de la bella Cunegunda. Inmediatamente la vieja propuso huir en caballos hacia Cádiz. Los tres pararon en una hostería de Avacena.
·  En Badajoz fueron despojados de sus bienes y tuvieron que vender un caballo para poder llegar a Cádiz. Allí se estaba equipando una flota para combatir contra los jesuitas del Paraguay; los tres se embarcaron hacia América. Por algunas discusiones surgidas entre Cándido y Cunegunda, sobre su desdicha y sobre lo mejor que sería el nuevo mundo, la vieja tuvo la obligación moral de contarles su historia, para que ambos se dieran cuenta de que ellos no son los más desdichados.
·  La mujer contó que hasta los principios de su adolescencia había vivido en un palacio, puesto que era hija del Papa y de una princesa. Contó lo bella que era y que su prometido la había engañado con otra mujer, por esto la madre decidió alejarse del lugar por un tiempo. Se embarcaron hacia Gaeta pero en el camino fueron abordados por unos piratas turcos, los cuales las desnudaron; luego la vieja fue llevaba como esclava a Marruecos en compañía de su madre. En una guerra civil en dicho país su madre murió y ella fue violada; después de huir entre los cadáveres que habían quedado como saldo de esa guerra, la vieja fue encontrada por un hombre blanco.
·  El hombre la llevó para que la asistiesen, resultó ser un maestro de la infancia. Cunegunda fue llevada a Argel y vendida al rey. Allí contrajo una peste africana. Fue pasando de mano en mano entre mercaderes de distintos países finalmente fue llevada a la frontera de Azov que estaba siendo invadida por los rusos. Ante la desesperación de los soldados por no tener que comer, decidieron comer una nalga de cada mujer, de esta forma la vieja perdió una porción de su nalga. Luego, en Rusia, trabajó bajo azotes pero al cabo de dos años pudo huir hacia Alemania. Finalmente terminó sirviendo en casa de Isacar, EL JUDÍO, DONDE CONOCIÓ A Cunegunda y luego a Cándido.
·  Una vez en Buenos Aires, los tres se trasladaron a la casa del gobernador, allí acordaron contraer matrimonio Cunegunda y el gobernante. Al día siguiente arribó un pequeño navío del cual bajó un franciscano, era el que había robado las joyas que tenía Cunegunda. El fraile quiso vender algunas piedras precisas pero el joyero las reconoció como pertenecientes al gran inquisidor. El franciscano antes de ser ahorcado confesó que las había robado. En Buenos Aires corrió un rumor que decía que estaba por desembarcar un alcalde que perseguía a los asesinos del inquisidor. Por esta razón Cándido se tuvo que separar de la vieja y de su amada.
·  Cándido había traído de Cádiz a un criado, se llama Cacambo, ambos abandonaron Buenos Aires para dirigirse al Paraguay, lugar que Cacambo ya conocía puesto que había nacido en Tucumán. Cuando llegaron al primer puesto fronterizo Cacambo pidió de hablar con el comandante, fueron bien recibidos. Como Cándido era alemán, el comandante quiso hablar con él, puesto que sabía hablar alemán. El comandante era el hermano de la bella Cunegunda.
·  El comandante le contó a Cándido cómo se había salvado de la muerte, cuando Cándido contó que sus planes eran casarse con Cunegunda, su hermano lo llamó insolente y lo golpeó con su espada. Cándido desenvainó la suya y dio muerte al hermano de su amada. Cuando Cacambo se enteró, le hizo poner a su amo las ropas del difunto para que no los reconocieran mientras huían.
·  Mientras estaban descansando los dos viajeros, sintieron unos gemidos que aparentaban ser de mujer. Eran de dos muchachas completamente desnudas que eran corridas por dos monos. Cándido mató rápidamente a los dos monos quienes fueron abrazados muy tiernamente por las dos muchachas. A la mañana siguiente no pudieron moverse porque habían sido atados por unos orejones, quienes tenían intenciones de comerlos porque creían que los viajeros eran jesuitas. Cacambo les propuso a los orejones que llevaran la ropa de su amo a un puesto fronterizo; de esta forma quedó demostrado que Cándido había matado a un jesuita y los viajeros fueron liberados.
·  Decidieron ir a Cayena, una colonia francesa, durante el camino murieron sus caballos y agotaron sus provisiones; tuvieron que vivir de la naturaleza. Subieron a una canoa que encontraron a la orilla de un río y lograron llegar a un lugar habitado: Eldorado. Los niños jugaban con tejos de oro, las vestimentas tenían piedras preciosas, recogieron todo lo que pudieron. Luego entraron en una hostería. Fueron atendidos muy bien por la gente del país.
·  Cándido y Cacambo estaban admirados por la riqueza de ese país, pero más les llamaba la atención que los habitantes no le dieran importancia. El hostelero informó a Cacambo sobre toda su organización y cultura. Los dos viajeros fueron al palacio del rey donde estuvieron alojados un mes; decidieron partir, se llevaron cien corderos cargados con diamantes y oro.
·  A los cien días de marcha sólo quedaron dos corderos. Estaban en Surinam cuando decidieron embarcarse para ir a rescatar a la señorita Cunegunda, el capitán informó a Cándido que era muy peligroso pues ella era la favorita de Su Excelencia. Los viajeros optaron por separarse: Cacambo partió hacia Buenos Aires para rescatar a la señorita Cunegunda y llevarla a Venecia, Cándido fue estafado por un capitán, perdió casi toda su fortuna. Hizo una reunión para seleccionar a un compañero de viaje puesto que no quería sentirse el más desdichado de todos. Eligió a un viejo sabio, su nombre era Martín.
·  Cándido y su nuevo compañero se embarcaron para Burdeos. Durante el viaje presenciaron una batalla entre navíos, unos de estos pertenecía al capitán que había estafado a Cándido; fue así como recuperó un cordero.
·  Entre largas discusiones de un carácter bastante filosófico, llegaron a Burdeos.
·  Cándido cedió sur rojo cordero a la Academia de Ciencias de Burdeos para que estudiaran el color de su lana. Inmediatamente se enfermó y por sus riquezas fue rodeado por médicos, devostas y personas que querían ser su amigo. Unos de sus seguidores era un abate del Périgord, llevaba a Cándido y a Martín a la comedia. Cándido quedó encantado por una actriz y el abate quiso presentársela la del Périgord los llevó a la casa de una dama donde pondrían conocer a la actriz. En esta circunstancias Cándido le fue infiel a Cunegunda: estaba en esa ciudad y cerca de la muerte, postrada en una cama. Los dos viajeros fueron a la posada donde estaba la enferma, Cándido dejó unos diamantes y repentinamente apareció el abate con dos oficiales; fue así como fueron aprendidos y llevados fuera de Francia. Sacaron por conclusión que la señorita que decía ser Cunegunda era una bribona y el abate del Périgord un bribón.
·  Cuando los viajeros llegaron a las costas de Inglaterra como fusilaban a un almirante. Lo fusilaban para motivar a los demás soldados, Cándido se estremeció por esta situación. Acordaron con un capitán que los llevaría a Venecia.
·  En Venecia no encontraron a Cunegunda ni nada que tuviera que ver con ella. En una plaza vieron a una pareja que paseaban de la mano y la invitaron a almorzar, la muchacha era Paquete y Cándido no la había reconocido, su acompañante era Fray Alhelí. Una vez que Cándido y Martín estuvieron solos, conversaron sobre el senador Pococurante, una persona que recibía bien a los extranjeros. Acordaron ir a visitarlo.
·  Pococurante los recibió de una manera muy formal y distante. Estuvo en desacuerdo con casi todas las críticas positivas de Cándido son respeto del teatro, las novelas, la música, los cuadros. Cándido creyó que era el hombre más feliz de todos porque estaba por encima de todo lo que tenía, pero Martín dijo que no lo era, pues el senador estaba disconforme con todo. Cándido asintió.
·  En una cena de la hostelería en al que Cándido y Martín paraban, conocieron a seis reyes que habían sido destronados. Cacambo era servidor de uno de aquellos reyes, e informó Cándido que su amada estaba en Constantinopla. Como el amo de Cacambo tenía que ir para esa ciudad, convenció a su amo para que lleve a Cacambo y Martín en su embarcación.
·  Durante el viaje observaron cómo eran azotados dos remeros, eran Pangloss y el Hermano de Cunegunda. Pangloss no habían sido ahorcado por completo y un médico que había comprado el cadáver para examinarlo le salvó la vida. El barón no murió puesto p que su herida le causó un desvanecimiento y no su muerte. Cándido pagó al capitán de la nave por los dos amigos y tomaron otra galera para ir a rescatar a Cunegunda.
·  Mientras iban en busca de Cunegunda, Pangloss y el barón contaron sus historias y al forma en que habían llegado a la galera. Cada uno explicó detalladamente como habían sobrevivido a la muerte.
·  Cuando desembarcaron en las costas de la Propóntide, se dirigieron a la casa del príncipe de Transilvania, donde se encontraba Cunegunda, cuando la vieron se sorprendieron: tenía patas de gallo, el pecho liso, la cara arrugada. Había perdido toda su belleza pero Cándido rescató tanto a Cunegunda como a la vieja. Esta última propuso que se quedaran en una alquería lindera. Cándido contó que iba a casarse con Cunegunda como lo había prometido, pero el barón se opuso.
·  Cándido preguntó a sus amigos que podían hacer con el barón, decidieron enviarle a Roma sin que su hermana se enterase. El barón fue embarcado y Cándido pudo casarse con Cunegunda. Todos analizaron sus aventuras y desventuras, Pangloss se enfrentó a un filósofo turco que parecía bastante aislado. Finalmente Cándido, que había comprado el huerto, propuso cultivarlo entre todos.

 

Cándido, Voltaire. Capítulo 18: El dorado.

 
CAPÍTULO XVIII
El país de Eldorado.

Cacambo explicó al dueño de la fonda la curiosidad que sentían y él le contestó:

-Yo soy un hombre muy ignorante y me acepto como soy; pero vive aquí un
anciano, retirado de la corte, que es el hombre más sabio del reino y muy parlanchín.

Inmediatamente acompañó a Cacambo a casa del anciano. Cándido representaba
ahora un papel secundario de acompañante de su criado. Entraron en una casa muy
humilde, la puerta era solamente de plata y las paredes estaban revestidas sólo de oro,
si bien con adornos de tanta finura que no desmerecían de los más opulentos. La
antecámara en realidad sólo tenía incrustados rubíes y esmeraldas, pero las figuras
ornamentales que formaban compensaban con creces la extrema sencillez.

El anciano recibió a los dos extranjeros en un sofá acolchado con plumas de
colibrí, y les sirvió licores en vasos de diamantes; tras lo cual satisfizo su curiosidad
de la siguiente manera:

-Tengo ciento setenta y dos años, y mi difunto padre, que había sido escudero del
rey, me habló de las sorprendentes revoluciones del Perú, de las cuales él había sido
testigo. Este reino en el que nos encontramos es la antigua patria de los Incas, de la
que de manera imprudente salieron con la intención de dominar a otra parte del
mundo y que finalmente fueron destruidos por los españoles. Los príncipes de la
familia que permanecieron en el país natal fueron más prudentes, con el beneplácito
de toda la nación, dispusieron que ningún habitante saliera nunca más de nuestro
pequeño reino; por eso hemos podido conservar nuestra inocencia y nuestra felicidad.
Los españoles han tenido una idea errónea de este país al que han llamado Eldorado, y
hasta un inglés, llamado el caballero Raleigh, vino aquí hace unos cien años; pero
como el acceso es a través de rocas escarpadas y de precipicios, hasta ahora hemos
estado al abrigo de la codicia de las naciones de Europa, que tienen un insaciable
deseo por las piedras y el barro de nuestra tierra, y que, con tal de obtenerlos, no
dudarían en acabar con todos nosotros.

La conversación fue larga; discurrió sobre la forma de su gobierno, las costumbres,
las mujeres, los espectáculos públicos y las artes. Al final, Cándido, que siempre se
había sentido atraído por la metafísica, mandó a Cacambo que preguntara si en
aquella tierra profesaban alguna religión.

El anciano enrojeció un poco.

-¡Naturalmente! -dijo-. ¿Cómo pueden dudarlo? ¿Nos creen tan ingratos?

Cacambo preguntó con humildad cuál era la religión de Eldorado. El anciano se
sonrojó de nuevo:

-¿Es que pueden existir dos religiones? -dijo-. Pienso que tenemos la misma
religión de todo el mundo; adoramos a Dios por la noche y por el día.

-¿Adoran a un único Dios? -dijo Cacambo, que seguía siendo el intérprete de las
dudas de Cándido.

-Es evidente -dijo el anciano- que no puede haber dos, ni tres, ni cuatro. Les
confieso que la gente de su mundo preguntan cosas muy extrañas.

Cándido, que no se cansaba de preguntar a aquel buen anciano, quiso saber cómo
se rezaba a Dios en Eldorado.

-Nosotros no rezamos -contestó el bueno y respetable sabio-; no le pedimos nada,

porque nos da todo lo que necesitamos; sólo le damos continuamente las gracias. Cándido sintió curiosidad por conocer a los sacerdotes y mandó preguntar a Cacambo dónde estaban. El buen anciano sonrió.-Amigos míos -dijo-, aquí todos somos sacerdotes; el rey y todos los cabezas de familia entonan solemnemente cánticos en acción de gracias todas las mañanas, acompañados de cinco o seis mil músicos. -¡Cómo! ¿No tienen frailes que enseñen, debatan, gobiernen, que organicen intrigas y manden a la hoguera a los que no piensan como ellos? -Estaríamos locos -dijo el anciano-; aquí todos tenemos la misma opinión y no entendemos qué quieren decir con esa historia de los frailes.
Cándido estaba extasiado ante aquellas palabras y se decía a sí mismo:
"¿Esto sí que es distinto de Westfalia y del castillo del señor barón: si nuestro
amigo Pangloss hubiera conocido Eldorado, no habría podido afirmar que el castillo
de Thunder-ten-tronckh era lo más perfecto de la tierra; cierto es que hay que viajar
para aprender."

Concluida esta larga conversación, el buen anciano mandó preparar una carroza
tirada por seis cameros, y dispuso que doce de sus criados los acompañaran a la corte.

-Espero que me perdonen -les dijo-, ya que mi edad me impide ir con ustedes. El
rey les recibirá de tal manera que quedarán encantados, y espero sabrán perdonar sin
duda aquellas costumbres del país que pudieren disgustarles.

Cándido y Cacambo montaron en la carroza; los seis carneros volaban y en menos
de cuatro horas llegaron al palacio del rey situado en el otro extremo de la capital. El
pórtico tenía una altura de doscientos veinte pies y cien de ancho; no se puede
explicar el material del que estaba hecho. Debía ser de una calidad superior a la de
esas piedras y esa arena a las que nosotros llamamos oro y piedras preciosas.

Cuando Cándido y Cacambo se apearon de la carroza, fueron recibidos por veinte
hermosísimas muchachas de la guardia, que los condujeron a los baños, los vistieron
con trajes de plumas de colibrí; luego los altos oficiales y oficialas de la corona los
llevaron hasta la. cámara de su Majestad entre dos filas de músicos, cada una com-
puesta de mil músicos, como era la costumbre.

Al aproximarse a la sala del trono, Cacambo preguntó a un alto cargo cómo debía
saludar a Su Majestad: si debía arrodillarse o tumbarse en el suelo; si debía colocar las
manos en la cabeza o en el trasero; si debía lamer el polvo de la sala; en resumen, cuál
era el protocolo.

-Tenemos la costumbre -dijo el oficial mayor-, de besar al rey y besarle en las dos
mejillas.

Cándido y Cacambo abrazaron a Su Majestad, que los recibió con toda la
amabilidad que uno pueda imaginar y los invitó cortésmente a cenar.

Mientras tanto les enseñaron la ciudad, los edificios públicos que llegaban hasta el
cielo, los mercados adornados con mil columnas, las fuentes de agua pura, las fuentes
de agua rosa, las de licor de caña de azúcar que manaban sin cesar en grandes plazas
pavimentadas con unas piedras preciosas que exhalaban un olor parecido al del clavo
y al de la canela. Cándido quiso conocer los juzgados; le dijeron que no existían,
porque no había pleitos. Preguntó si había cárceles y le contestaron que no. De todo
cuanto vio lo que más le gustó y causó asombro fue el museo de las ciencias, donde
había una galería de dos mil pasos llena de instrumentos de matemática y física.

Apenas si habían recorrido en toda la tarde ni la milésima parte de la ciudad,
cuando les llevaron de nuevo junto al rey. Cándido se sentó en la mesa entre su
majestad, su criado Cacambo y varias damas. Comieron tan exquisitamente como
nunca habían comido y el rey se mostró tan ingenioso como nunca habían tenido
ocasión de ver. Cacambo le traducía a Cándido las ocurrencias del rey y, a pesar de la
traducción, seguían teniendo su gracia. De todo lo que a Cándido le sorprendió, no fue
esto lo que menos le sorprendió.

Pasaron un mes en aquel sitio tan acogedor. Sin embargo, Cándido no cesaba de
decirle a Cacambo:

-Amigo mío, una vez más insisto en que el castillo en el que nací no vale tanto
como este país, pero, a fin de cuentas, la señorita Cunegunda no vive aquí y vos
debéis tener alguna amada en Europa. Si nos quedamos aquí, seremos como todos;
por el contrario, si volvemos a nuestro mundo, aunque sólo sea con doce carneros
cargados con piedras de Eldorado, seremos más ricos que todos los reyes juntos, y ya
no habría inquisidores a los que temer y podríamos recuperar sin dificultades a la
señorita Cunegunda.

A Cacambo le convencieron estas razones; a la gente le gusta tanto viajar y darse
importancia entre los suyos y presumir de lo que se ha visto en los viajes, que aquellos
dos seres felices decidieron no serlo ya más y fueron a despedirse de Su Majestad.

-Cometen una tontería -les dijo el rey-; ya sé que mi país no es gran cosa; pero,
cuando se está relativamente cómodo en un sitio, se debe quedar uno en él. Yo no
tengo desde luego ningún derecho para retener a los extranjeros; sería un acto de
tiranía que no pertenece a nuestras costumbres ni a nuestras leyes: todos los hombres
son libres; partan cuando gusten, pero la salida es muy difícil. Es imposible remontar
los rápidos por los que milagrosamente llegaron. Las montañas que bordean mi reino
tienen diez mil pies de altura y son verticales como murallas: cada una de ellas mide a
lo ancho más de diez mil leguas y sólo se puede bajar por ellas a través de precipicios.
Pero, como a pesar de todo quieren irse, voy a ordenar a los jefes de máquinas que
construyan una que les pueda transportar con comodidad. Cuando lleguen al otro lado
de las montañas, tendrán que continuar solos, pues mis súbditos han jurado no salir
nunca de su país y son demasiado sensatos como para quebrantar su voto. De todos
modos, pídanme lo que quieran.

-Sólo le pedimos a Vuestra Majestad -dijo Cacambo- unos cuantos carneros
cargados de víveres, de piedras y de barro.

El rey se echó a reír:

-No puedo entender -dijo- por qué los europeos sienten tanta atracción por nuestro
barro amarillo; pero llévense cuanto gusten y que les aproveche.

Inmediatamente ordenó a sus ingenieros que construyeran una máquina que sacara
a aquellos dos extraños hombres fuera del reino. Tres mil físicos muy brillantes la
terminaron en quince días y solamente costó unos veinte millones de libras esterlinas,
moneda del país. Metieron a Cándido y a Cacambo dentro de la máquina; dos grandes
carneros rojos provistos de sillas y bridas para que les sirvieran de cabalgadura una
vez hubieran cruzado las montañas, veinte carneros con alforjas llenas de víveres,
treinta que llevaban regalos exóticos del país y cincuenta cargados de oro, de piedras
preciosas y de diamantes. El rey besó con ternura a los dos vagabundos.

Su partida y la ingeniosa manera en que fueron izados, ellos y sus carneros, hasta
la cima de las montañas fue un espectáculo espléndido. Los físicos se despidieron de
ellos tras haberlos llevado hasta un lugar seguro, y ya Cándido no tenía otro deseo ni
otro objetivo que mostrar sus carneros a la señorita Cunegunda.

-Tenemos dinero de sobra -dijo- para pagar al gobernador de Buenos Aires,
suponiendo que la señorita Cunegunda se pueda comprar. Vayamos hacia Cayena,
después cojamos un barco y ya veremos más tarde qué reino podemos comprar.

Cándido, Voltaire. Capítulo 17: llegada a El dorado

 
CAPÍTULO XVII

Cándido y su criado llegan al país de Eldorado.

Cuando llegaron a la frontera de los orejudos, le dice Cacambo a Cándido:

-Habéis podido comprobar que este hemisferio no es mucho mejor que el otro;

creedme, regresemos a Europa por la ruta más corta.

-¿Cómo vamos a volver allí? -dice Cándido-; y ¿adónde vamos a ir? Si regreso a
mi país, los búlgaros y los ávaros deguellan todo lo que se les pone por delante; si
vuelvo a Portugal, me espera la hoguera; si permanecemos aquí, nos arriesgamos a ser comidos en cualquier momento. Pero, ¿cómo voy a dejar la parte del mundo en la que
habita la señorita Cunegunda?

-Podemos dirigirnos hacia Cayena -dice Cacambo-, allí encontraremos franceses,
que viajan por todo el mundo y podrán ayudamos. Y quizás Dios se apiade de
nosotros.

No era fácil ir a Cayena; conocían aproximadamente el rumbo que debían tomar;
pero por todas partes existían terribles obstáculos: montañas, ríos, precipicios,
bandidos, salvajes. Los caballos murieron agotados; se acabaron las provisiones;
durante un mes se alimentaron solamente de frutas silvestres y por fin llegaron junto a
un arroyo rodeado de cocoteros, que mantuvieron sus vidas y sus esperanzas.

Cacambo, que aconsejaba siempre tan bien como la vieja, le dijo a Cándido:

-Ya no podemos más, hemos andado mucho; hay una canoa vacía en la orilla,
llenémosla de cocos, montemos en ella y dejémonos arrastrar por la corriente; un río
siempre conduce hasta algún lugar habitado. Si no encontramos cosas agradables, al
menos encontraremos cosas nuevas.

-Vámonos -dice Cándido-, que la Providencia nos ampare.

A lo largo de varias leguas viajaron entre riberas, unas con flores, otras áridas; unas
llanas, otras escarpadas. El río iba ensanchándose para perderse finalmente bajo una
bóveda de impresionantes rocas que subían hasta el cielo. Los dos atrevidos viajeros
se dejaron llevar por la corriente bajo aquella bóveda. El río, que se estrechaba en
aquel lugar, los arrastró con una velocidad y un estruendo horrorosos. Al cabo de
veinticuatro horas vieron de nuevo la luz, pero la canoa se había roto contra los
escollos; durante una legua tuvieron que arrastrarse de roca en roca; por fin divisaron
un inmenso horizonte rodeado de montanas inaccesibles. En aquel país tenían cabida
tanto la belleza como la utilidad; en todas partes lo útil era agradable. Los caminos es-
taban cubiertos o, mejor dicho, adornados con carruajes de una forma y de un material
brillante, que transportaban a hombres y mujeres de una rara belleza , tirados a
gran velocidad por unos grandes carneros rojos, que eran mucho más rápidos que los
más hermosos caballos de Andalucía, de Tetuán o de Mequínez.

-Este país -dijo Cándido- es mejor que Westfalia.

Descendieron a tierra en el primer pueblo que encontraron. Algunos niños con
vestidos con brocados de oro hechos jirones jugaban al tejo a la entrada del pueblo;
nuestros dos hombres del otro mundo se divertían mirándolos: los tejos eran unas
grandes piezas redondas, amarillas, rojas, verdes, que despedían unos destellos muy
particulares. Los viajeros tuvieron ganas de coger algunos; era oro, esmeraldas y
rubíes, el menor de los cuales hubiera sido el mayor adorno del trono del Mogol.

-Seguramente -dijo Cacambo-, estos niños son los hijos del rey de este país, 
jugando al tejo.

En ese mismo momento apareció el maestro y les hizo entrar en la escuela.
-Éste debe de ser -dijo Cándido -el preceptor de la familia real.

Los pobrecillos niños pararon al instante de jugar, dejando por el suelo los tejos y
todo aquello con lo que habían jugado. Cándido los recoge, corre en busca del
preceptor y se los devuelve con humildad, comunicándole por señas que sus altezas
reales habían olvidado el oro y las piedras preciosas. El maestro del pueblo, con una
gran sonrisa, los arrojó al suelo, miró un momento el rostro de Cándido con aire de
sorpresa y siguió su marcha.

Los viajeros no dejaron de recoger el oro, los rubíes y las esmeraldas.

-¿Dónde estamos? -exclamó Cándido-. El desprecio por el oro y las piedras
preciosas indican la buena educación de los hijos de los reyes de este país.

Cacambo estaba tan sorprendido como Cándido. Luego se aproximaron a la
primera casa del pueblo; estaba construida como un palacio europeo. Un enorme
gentío se amontonaba en la puerta, y aún había más dentro; se escuchaba una música
muy agradable, y se olía un delicioso olor a cocina. Cacambo se acercó a la puerta, y
oyó que hablaban peruano; era su lengua materna; porque todo el mundo sabe ya que
Cacambo había nacido en Tucumán, en un pueblecito en el que sólo se hablaba
aquella lengua.

-Yo haré de intérprete -le dijo a Cándido-; entremos, es una fonda.

Al instante dos camareros y dos camareras de la fonda, con vestidos dorados y el
pelo adornado con cintas, les invitaron a sentarse en la mesa del dueño. Se sirvieron
cuatro potajes, cada uno de ellos con una guarnición formada por dos loros, un cóndor
cocido que pesaba doscientas libras, dos suculentos monos asados, trescientos
colibríes en una gran fuente y seiscientos pájaros-mosca en otra; guisos de carne
exquisitos, deliciosos postres; presentado todo en fuentes como de cristal de roca. Los
camareros y las camareras servían diferentes licores elaborados con caña de azúcar.

La mayor parte de los convidados eran mercaderes y arrieros, todos de una
amabilidad exquisita; preguntaron a Cacambo algunas cuestiones con prudencia y
discreción, y contestaron a las suyas satisfactoriamente. Cuando terminó la comida,
Cacambo y Cándido pensaron que debían pagar su parte y echaron sobre la mesa del
dueño dos de aquellas piezas de oro que habían recogido del suelo; el dueño y la
dueña empezaron a reír a carcajadas, muriéndose de risa durante largo rato. Al fin
lograron calmarse.

-Señores -les dijo el dueño-, ya vemos que son ustedes extranjeros y no tenemos
costumbre de verlos. Perdonadnos por habernos reído cuando han pretendido pagar
con las piedras de nuestros caminos. Seguro que no poseen moneda del país, pero para
comer aquí no se necesita. El gobierno financia todas las fondas construidas para
facilitar el comercio. Aquí no habrán comido muy bien, porque es un pobre pueblo;
pero dondequiera que vayan serán recibidos como se merecen.

Cacambo le traducía a Cándido todas las explicaciones del dueño, y Cándido las
escuchaba con la misma extrañeza y asombro con que su amigo Cacambo se las
contaba.

-¿Qué país es éste -se decían uno a otro-, desconocido para el resto del mundo y
donde la naturaleza es tan distinta a la nuestra? Debe ser el país donde todo es
perfecto, porque es absolutamente necesario que exista uno así. Y, a pesar de que lo
decía el maestro Pangloss, a menudo yo notaba que las cosas iban mal en Westfalia.

Cándido, Voltaire capítulo 2


CAPÍTULO
I

Cándido y los búlgaros.


Tras ser arrojado del paraíso terrenal, Cándido anduvo mucho tiempo sin saber
adónde ir, llorando y alzando los ojos al cielo, volviéndolos a menudo hacia el más
hermoso de los castillos, que albergaba a la más hermosa de las baronesitas; por fin,
se durmió sin cenar en un surco en medio del campo; nevaba copiosamente. Al día
siguiente, temblando de frío, llegó a rastras hasta la ciudad vecina, que se llamaba
Valdberghofftrarbk-dikdorff, sin dinero, muerto de hambre y de cansancio. Se paró
con tristeza ante la puerta de una taberna. Dos hombres vestidos con uniforme azul
repararon en él:

-Camarada-dijo uno de ellos-, he aquí un joven bien parecido y con la estatura
apropiada.

Se aproximaron a Cándido y le invitaron a cenar muy educadamente.

-Señores -les contestó Cándido con humildad aunque amablemente-, es un honor
para mí, pero no puedo pagar mi parte.

Ah, señor-respondió uno de los de azul-, las personas que tienen su aspecto y sus
virtudes nunca pagan nada: ¿no mide usted cinco pies con cinco pulgadas de altura?

-Sí, señores, ésa es mi estatura -contestó con una inclinación

-Ah, señor, sentaos a la mesa; no solamente le vamos a invitar, sino que no vamos

a consentir que a un hombre como usted le falte dinero; todos los hombres deben
ayudarse entre sí.

-Tenéis razón -dijo Cándido-; eso es lo que siempre afirmaba el señor Pangloss, y
ya veo que todo es perfecto.

Le suplican que acepte unas monedas, las coge y quiere extenderles un recibo a
cambio; ellos no lo aceptan en absoluto y se sientan a comer.

-¿No siente usted afecto por...?

-¡Oh!, sí -contesta-, estoy muy enamorado de la señorita Cunegunda.

-No, no es eso -dice uno de aquellos señores-, queremos decir si no siente un
particular afecto por el rey de los búlgaros.

-En absoluto -dice-, no lo conozco.

-¡Cómo! Es el rey más encantador, y hay que brindar por él.

-¡Eso con mucho gusto, caballeros!

-Y bebe.

-Con esto basta -le dicen a continuación

ahora ahora es usted el apoyo, el protector, el defensor, el héroe de los búlgaros; su
suerte está echada, y su gloria asegurada.

Rápidamente le colocan grilletes en los pies y se lo llevan al regimiento. Allí le
hacen girar a la derecha, a la izquierda, sacar la baqueta, envainarla, apuntar con la
rodilla en tierra, disparar, ir a paso doble, y le dan treinta bastonazos; al día siguiente,
hace la instrucción un poco mejor, y tan sólo recibe veinte palos; al otro día no le dan
más que diez y sus compañeros le consideran un portento.

Cándido, sorprendido, no entendía muy bien por qué era un héroe. Un espléndido
día de primavera le apeteció ir a pasear y fue caminando todo derecho, creyendo que
el uso de las piernas al antojo de cada uno era un privilegio tanto de la especie
humana como de la animal. No habría andado ni dos leguas cuando otros cuatro
héroes de seis pies le alcanzan, lo apresan y lo arrestan. Se le preguntó
reglamentariamente si prefería ser azotado treinta y seis veces por todo el regimiento
o recibir doce balas de plomo en la cabeza. Por más que alegara que las voluntades
son libres, y que no quería ni una cosa ni otra, tuvo que elegir: en nombre de ese don
de Dios llamado "libertad", se decidió por pasar treinta y seis veces por los palos; y
pasó dos veces. Como el regimiento lo componían dos mil hombres, en total sumaban
cuatro mil baquetazos que, desde la nuca hasta el trasero, le dejaron completamente desollado.
Cuando iban a empezar la tercera carrera, Cándido, como no podía ya más, les suplicó
que tuvieran la bondad de romperle la cabeza y accedieron a ello. Le vendaron los
ojos; le hincaron de rodillas. En ese mismo momento acierta a pasar el rey de los
búlgaros, que se informa del delito del doliente y, como aquel rey era muy inteligente,
comprendió, por todo lo que dijeron de Cándido, que era un joven metafísico que
ignoraba las cosas de este mundo, y le otorgó su perdón con una clemencia que será
alabada por todos los periódicos y por todos los siglos. Un buen cirujano curó a
Cándido en tres semanas con los calmantes prescritos por Discórido. Ya le había
crecido un poco de piel, y podía caminar, cuando el rey de los búlgaros emprendió
batalla contra el rey de los ábaros.