miércoles, 25 de marzo de 2026

canto XXII

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Los teucros, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto, los aqueos se iban acercando á la muralla, protegiendo sus hombros con los escudos. El hado funesto sólo detuvo á Héctor para que se quedara fuera de Ilión, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo al Pelida:

8 «¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo tú mortal, á un dios inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa tu deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los teucros, á quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población, mientras te extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me condenó á morir.»

14 Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Oh Flechador, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra antes de llegar á Ilión. Me has privado de alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado con facilidad á los teucros, porque no temías que luego me vengara. Y ciertamente me vengaría de ti, si mis fuerzas lo permitieran.»

21 Dijo, y muy alentado, se encaminó apresuradamente á la ciudad, como el corcel vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo; tan ligeramente movía Aquiles pies y rodillas.

25 El anciano Príamo fué el primero que con sus propios ojos le vió venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de perro de Orión, el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta, porque trae excesivo calor á los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe, mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profirió grandes voces y lamentos, dirigiendo súplicas á su hijo. Héctor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía vehemente deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano, tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:

38 «¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, á ese hombre, para que no mueras presto á manos del Pelida, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro á los dioses, como á mí: pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los perros y los buitres, y mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y valientes hijos, matando á unos y vendiendo á otros en remotas islas. Y ahora que los teucros se han encerrado en la ciudad, no acierto á ver á mis dos hijos Licaón y Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre las mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos con oro y bronce, que todavía lo hay en el palacio; pues á Laótoe la dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero si han muerto y se hallan en la morada de Plutón, el mayor dolor será para su madre y para mí que los engendramos; porque el del pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido, para que salves á los troyanos y á las troyanas; y no quieras proporcionar inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la existencia. Compadécete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Saturnio me hará perecer en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruídos los tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo bronce ó con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida de mi mesa crié en el palacio para que lo guardasen, despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi sangre, y saciado el apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda verse, todo es bello, á pesar de la muerte; pero que los perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas y las vergüenzas de un anciano muerto en la guerra, es lo más triste de cuanto les puede ocurrir á los míseros mortales.»

77 Así se expresó el anciano, y con las manos se arrancaba de la cabeza muchas canas, pero no logró persuadir á Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho, y derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:

82 «¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el pecho para acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla, rechaza desde la misma á ese enemigo y no salgas á su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no podré llorarte en tu lecho, querido pimpollo á quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica esposa; porque los veloces perros te devorarán muy lejos de nosotras, junto á las naves argivas.»

90 De esta manera Príamo y Hécuba hablaban á su hijo, llorando y dirigiéndole muchas súplicas, sin que lograsen persuadirle, pues Héctor seguía aguardando á Aquiles, que ya se acercaba. Como silvestre dragón que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante su guarida á un hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva; así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quieto, desde que arrimó el terso escudo á la torre prominente. Y gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía:

99 «¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme reproches será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército á la ciudad la noche en que Aquiles decidió volver á la pelea. Pero yo no me dejé persuadir—mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo,—y ahora que he causado la ruina del ejército con mi imprudencia, temo á los troyanos y á las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas. Así hablarán; y preferible fuera volver á la población después de matar á Aquiles, ó morir gloriosamente ante la misma. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuentro de Aquiles, le dijera que permitía á los Atridas llevarse á Helena y las riquezas que Alejandro trajo á Ilión en las cóncavas naves, que esto fué lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir á los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene; y más tarde tomara juramento á los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No, no iré á suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como á una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es conversar con él desde lo alto de una encina ó de una roca, como un mancebo y una doncella: sí, como un mancebo y una doncella suelen conversar. Mejor será empezar el combate, para que veamos pronto á quién el Olímpico concede la victoria.»

131 Tales pensamientos revolvía en su mente, sin moverse de aquel sitio, cuando se le acercó Aquiles, cual si fuese Marte, el impetuoso luchador, con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido por el bronce que brillaba como el resplandor del encendido fuego ó del sol naciente. Héctor, al verle, se echó á temblar y ya no pudo permanecer allí; sino que dejó las puertas y huyó espantado. Y el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo. Como en el monte el gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma; ésta huye con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le incita á cogerla; así Aquiles volaba enardecido y Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la muralla de Troya. Corrían siempre por la carretera, fuera del muro, dejando á sus espaldas la atalaya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahigo; y llegaron á los dos cristalinos manantiales, que son las fuentes del Janto voraginoso. El primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí un fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el verano como el granizo, la fría nieve ó el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndole: delante, un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda no era sobre una víctima ó una piel de buey, premios que suelen darse á los vencedores en la carrera, sino sobre la vida de Héctor, domador de caballos. Como los solípedos corceles que toman parte en los juegos en honor de un difunto, corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como premio importante un trípode ó una mujer; de semejante modo, aquéllos dieron tres veces la vuelta á la ciudad de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Júpiter, padre de los hombres y de los dioses, comenzó á decir:

168 «¡Oh dioses! Con mis ojos veo á un caro varón perseguido en torno del muro. Mi corazón se compadece de Héctor que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y decidid si le salvaremos de la muerte ó dejaremos que, á pesar de ser esforzado, sucumba á manos del Pelida Aquiles.»

177 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la muerte horrísona á ese hombre mortal, á quien tiempo ha que el hado condenó á morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.»

182 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente. Obra conforme á tus deseos y no desistas.»

186 Con tales voces instigóle á hacer lo que ella misma deseaba, y Minerva bajó en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.

188 En tanto, el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar á Héctor. Como el perro va en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo que levantó de la cama, y si éste se esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelida, de pies ligeros, no perdía de vista á Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse á las puertas Dardanias, al pie de las torres bien construídas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas; otras tantas, Aquiles, adelantándosele, le apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance á Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera librado entonces de la muerte que le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y agilitado sus rodillas?

205 El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas á los guerreros, no permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera que alguien alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron á los manantiales, el padre Jove tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes—la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos—para saber á quién estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Orco. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Minerva, la diosa de los brillantes ojos, se acercó al Pelida, y le dijo estas aladas palabras:

216 «Espero, oh esclarecido Aquiles, caro á Júpiter, que nosotros dos proporcionaremos á los aqueos inmensa gloria, pues al volver á las naves habremos muerto á Héctor, aunque sea infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga el flechador Apolo, postrándose á los pies del padre Jove, que lleva la égida. Párate y respira; é iré á persuadir á Héctor para que luche contigo frente á frente.»

224 Así habló Minerva. Aquiles obedeció, con el corazón alegre, y se detuvo en seguida, apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y fué á encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:

229 «¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.»

232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de Príamo; pero desde ahora me propongo tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido dentro.»

238 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos—¡de tal modo tiemblan todos!;—pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora peleemos con brío y sin dar reposo á la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos á las cóncavas naves, ó sucumbe vencido por tu lanza.»

246 Así diciendo, Minerva, para engañarle, empezó á caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente á frente, dijo el primero el gran Héctor, de tremolante casco:

250 «No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces dí la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca á esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele á afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos á los dioses por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Jove me concede la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el cadáver á los aqueos. Obra tú conmigo de la misma manera.»

260 Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Héctor, á quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos á otros; tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre á Marte, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar. Palas Minerva te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, á quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica.»

273 En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar el golpe: clavóse aquélla en el suelo, y Palas Minerva la arrancó y devolvió á Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelida:

279 «¡Erraste el golpe, deiforme Aquiles! Nada te había revelado Júpiter acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente á frente te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que todo su hierro se escondiera en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los teucros, si tú murieses; porque eres su mayor azote.»

289 Así habló; y blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro; pues dió un bote en el escudo del Pelida. Pero la lanza fué rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó á Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba á su vera. Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:

297 «¡Oh! Ya los dioses me llaman á la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del muro, y fué Minerva quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, á Júpiter y á su hijo, el Flechador; los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Cumplióse mi destino. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria; sino realizando algo grande que llegara á conocimiento de los venideros.»

306 Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza á la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla ó la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, á su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Vulcano colocara en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche; de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura que quitó á Patroclo después de matarle, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta, que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el divino Aquiles envasóle la pica á Héctor que ya le atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:

331 «¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste á mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en
La Ilíada (Luis Segalá y Estalella) (page 351 crop).jpg
No permitas que los perros despedacen mi cadáver junto á las naves aqueas
(Canto XXII, verso 339.)
las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. Á ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y á Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.»

336 Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco: «Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto á las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega á los míos el cadáver para que lo lleven á mi casa, y los troyanos y sus esposas lo pongan en la pira.»

344 Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran á cortar tus carnes y á comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza á los perros, aunque me den diez ó veinte veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte á peso de oro; ni aun así, la veneranda madre que te dió á luz te pondrá en un lecho para llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.»

355 Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco: «Bien te conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te harán perecer, no obstante tu valor, en las puertas Esceas.»

361 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Orco, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto le viera:

365 «¡Muere! Y yo perderé la vida cuando Júpiter y los demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi destino.»

367 Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola á un lado, quitóle de los hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante figura de Héctor y ninguno dejó de herirle. Y hubo quien, contemplándole, habló así á su vecino:

373 «¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando incendió las naves con el ardiente fuego.»

375 Así algunos hablaban, y acercándose le herían. El divino Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció estas aladas palabras:

378 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los dioses nos concedieron vencer á ese guerrero que causó mucho más daño que todos los otros juntos, ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad para conocer cuál es el propósito de los troyanos: si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor, ó se atreverán á quedarse todavía á pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no le olvidaré, en tanto me halle entre los vivos y mis rodillas se muevan; y si en el Orco se olvida á los muertos, aun allí me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volvamos, cantando el peán, á las cóncavas naves, y llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran victoria: matamos al divino Héctor, á quien dentro de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuese un dios.»

395 Dijo; y para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones de detrás de ambos pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y le ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando; luego, recogiendo la magnífica armadura, subió y picó á los caballos para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado: la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía en el polvo; porque Júpiter la entregó entonces á los enemigos, para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.

405 Así la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo, se arrancaba los cabellos; y arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor de él y por la ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. 

"El hombre ilustrado" libro completo pdf

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Epílogo de "El hombre ilustrado"

 Era casi medianoche. La luna estaba alta en el cielo. El hombre ilustrado no se movía. Yo había visto lo que había que ver. Los cuentos habían sido contados. Habían concluido. Sólo quedaba ese espacio vacío en la espalda del hombre ilustrado, esa área de formas y colores borrosos. Y de pronto, mientras la estaba mirando, la vaga mancha roja comenzó a animarse. Una forma cambió, disolviéndose lentamente en otra, y luego en otra. Y al fin apareció una cara, una cara que me miró desde la carne cubierta de colores, una cara con una nariz y una boca familiares, y unos ojos familiares. Fue algo confuso. Vi sólo lo bastante como para levantarme de un salto. Allí me quedé, a la luz de la luna, temiendo que el aire o las estrellas pudieran moverse y despertaran a ese monstruoso museo que yacía a mis pies. Pero el hombre ilustrado dormía pacíficamente. En ese cuadro de la espalda, el hombre ilustrado me apretaba el cuello con las manos, tratando de ahogarme. No esperé a que las imágenes se hicieran precisas y claras. Corrí camino abajo a la luz de la luna. No miré hacia atrás. Un pueblecito se extendía ante mí, oscuro y dormido. Yo sabía que, mucho antes que amaneciese, no llegaría a ese pueblo...

“La pradera” Ray Bradbury

-George, me gustaría que mirases el cuarto de los niños.

 -¿Qué pasa?

 -No sé.

 -¿Entonces?

 -Sólo quiero que mires, nada más, o que llames a un psicólogo.

 -¿Qué puede hacer un psicólogo en el cuarto de los niños?

 - Lo sabes muy bien. 

La mujer se detuvo en medio de la cocina y observó la estufa que se cantaba a sí misma, preparando una cena para cuatro.

 -Algo ha cambiado en el cuarto de los niños -dijo la mujer.

 -Bueno, vamos a ver.

 Descendieron al vestíbulo de la casa de la Vida Feliz, la casa a prueba de ruidos que les había costado treinta mil dólares, la casa que los vestía, los alimentaba, los acunaba de noche, y jugaba y cantaba, y era buena con ellos. El ruido de los pasos hizo funcionar un oculto dispositivo y la luz se encendió en el cuarto de los juegos, aún antes que llegaran a él. De un modo 1 similar, ante ellos, detrás, las luces fueron encendiéndose y apagándose automáticamente, suavemente, a lo largo del vestíbulo. 

¿Y bien?-dijo George .Hadley. 

La pareja se detuvo en el piso cubierto de hierbas. El cuarto de los niños medía doce metros de ancho, por doce de largo, por diez de alto. Les había costado tanto como el resto de la casa.

- Pero nada es demasiado para los niños- comentaba George.

 El cuarto, de muros desnudos y de dos dimensiones, estaba en silencio, desierto como el claro de una selva bajo la alta luz del sol. Alrededor de las figuras erguidas de George y Lydia Hadley, las paredes ronronearon, dulcemente, y dejaron ver unas claras lejanías, y apareció una pradera africana en tres dimensiones, una pradera completa con sus guijarros diminutos y sus briznas de paja. Y sobre George y Lydia, el cielo raso, se convirtió en un cielo muy azul, con un sol amarillo y ardiente.

 George Hadley sintió que unas gotas de sudor le corrían por la cara.

 -Alejémonos de este sol – dijo George-. Es demasiado real,  quizá. Pero no veo nada malo.

 De los odorófonos ocultos salió un viento oloroso que bañó a George y Lydia, de pie entre las hierbas tostadas por el sol. El olor de las plantas selváticas, el olor verde y fresco de los charcos ocultos, el olor intenso y acre de los animales, el olor del polvo como un rojo pimentón en el aire cálido… Y luego los sonidos: el golpear de los cascos de lejanos antílopes en el suelo de hierbas; las alas de los buitres, como papeles crujientes… Una sombra atravesó la luz del cielo. La sombra tembló sobre la cabeza erguida y sudorosa de George Hadley.

 -¡Qué animales desagradables!-oyó que decía su mujer.

 -Buitres.

 -Mira, allá lejos están los leones. Van en busca de agua. Acaban de comer-dijo Lydia-. No sé qué.

 -Algún animal.-George Hadley abrió la mano para protegerse de la luz que le hería los ojos entornados- . Una cebra, o quizá la cría de una jirafa.

 -¿Estás seguro?-dijo su mujer nerviosamente. George parecía divertido. 

-No. Es un poco tarde para saberlo. Sólo quedan unos huesos, y los buitres alrededor.

 -¿Oíste ese grito?-preguntó la mujer. 

-No. 

-Hace un instante.

 -No, lo siento.

 Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a admirar al genio mecánico que había concebido este cuarto. Un milagro de eficiencia, y a un precio ridículo. Todas las casas debían tener un cuarto semejante. Oh, a veces uno se asusta ante tanta precisión, uno se sorprende y se estremece; pero la mayor parte de los días ¡qué diversión para todos, no sólo para los hijos, sino también para uno mismo, cuando se desea hacer una rápida excursión a tierras extrañas, cuando se desea un cambio de aire! Pues bien, aquí estaba África. 

Y aquí estaban los leones ahora, a una media docena de pasos, tan reales, tan febril y asombrosamente reales, que la mano sentía, casi, la aspereza de la piel, y la boca se llenaba del olor a cortinas polvorientas de las tibias melenas. El color amarillo de las pieles era como el amarillo de un delicado tapiz  de Francia, y ese amarillo se confundía con el amarillo de los pastos. En el mediodía silencioso se oía el sonido de los pulmones de fieltro de los leones, y de las fauces anhelantes y húmedas salía un olor de carne fresca. 

Los leones miraron a George y a Lydia con ojos terribles, verdes y amarillos.

 -¡Cuidado!-gritó Lydia.

 Los leones corrieron hacia ellos. 

Lydia dio un salto y corrió, George la siguió instintivamente. Afuera, en el vestíbulo, después de haber cerrado ruidosamente la puerta, George se rió y Lydia se echó a llorar, y los dos se miraron asombrados. -¡George!

 -¡Lydia! ¡Mi pobre y querida Lydia! 

-¡Casi nos alcanzan!

 -Paredes, Lydia; recuérdalo. Paredes de cristal. Eso son los leones.Oh, parecen reales, lo admito. África en casa. Pero es sólo una película suprasensible en tres dimensiones, y otra película detrás de los muros de cristal que registra las ondas mentales. Sólo odorófonos y altoparlantes, Lydia. Toma, aquí tienes mi pañuelo. 

 -Estoy asustada.-Lydia se acercó a su marido, se apretó contra él y exclamó-: ¿Has visto? ¿Has sentido ¡Es demasiado real!

 -Escucha, Lydia …

 -Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean más sobre África.

 -Por supuesto, por supuesto-le dijo George, y la acarició suavemente.

 -¿Me lo prometes?

 -Te lo prometo.

 -Y cierra el cuarto unos días. Hasta que me tranquilice. 

-Será difícil, a causa de Peter. Ya sabes. Cuando lo castigué hace un mes y cerré el cuarto unas horas, tuvo una pataleta. Y lo mismo Wendy. Viven para ese cuarto.

 -Hay que cerrarlo. No hay otro remedio.

 -Muy bien.-George cerró con llave, desanimadamente- . Has trabajado mucho. Necesitas un descanso.

 -No sé … no sé-dijo Lydia, sonándose la nariz. Se sentó en una silla que en seguida empezó a hamacarse, consolándola-. No tengo, quizá, bastante trabajo.  Me sobra tiempo y me pongo a pensar. ¿Por qué no cerramos la casa, sólo unos días, y nos vamos de vacaciones?

 -Pero qué, ¿quieres freírme tú misma unos huevos?

-Si.- Lydia asintió con un movimiento de cabeza.

 -¿Y remendarme los calcetines?

 -Sí-dijo Lydia con los ojos húmedos, moviendo afirmativamente la cabeza.

 -¿Y barrer la casa?

 -Sí, sí. Oh, sí.

 -Pero yo creía que habíamos comprado esta casa para no hacer nada. 

-Eso es, exactamente. Nada es mío aquí. Esta casa es una esposa, una madre y una niñera. ¿Puedo competir con unos leones? ¿Puedo bañar a los niños con la misma rapidez y eficacia que la bañera automática? No puedo. Y no se trata sólo de mí. También de ti. Desde hace un tiempo estás terriblemente nervioso.

 -Fumaré demasiado, me imagino.

-Parece como si no supieras qué hacer cuando estás en casa. Fumas un poco más cada mañana, y bebes un poco más cada tarde, y necesitas más sedantes cada noche. Comienzas, tú también, a sentirte inútil.

 -¿Te parece?

 George pensó un momento, tratando de ver dentro de sí mismo.

 -¡Oh, George!-Lydia miró, por encima del hombro de su marido, la puerta del cuarto-. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿no es cierto?

 George miró y vio que la puerta se estremecía, como si algo la hubiese golpeado desde  adentro.

 -Claro que no-dijo George.

 Comieron solos. Wendy y Peter estaban en un parque de diversiones de material plástico, en el otro extremo de la ciudad, y habían televisado para decir que llegarían tarde, que empezaran a comer. George Hadley contemplaba, pensativo, la mesa de donde surgían mecánicamente los platos de comida.

 -Olvidamos la salsa de tomate-dijo. 

-Perdón-exclamó una vocecita en el interior de la mesa, y apareció la salsa. 

Podríamos cerrar el cuarto unos pocos días, pensaba George. No les haría ningún daño. No era bueno abusar. Y era evidente que los niños habían abusado 8 La Pradera un poco de África. Ese sol. Aún lo sentía en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor de la sangre. Era notable, de veras. Las paredes recogían las sensaciones telepáticas de los niños y creaban lo necesario para satisfacer todos los deseos. Los niños pensaban en leones y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. En el sol, y había sol. En jirafas, y había jirafas. En la muerte, y había muerte.

 Esto último. George masticó, sin saborearla, la carne que la mesa acababa de cortar. Pensaban en la muerte. Wendy y Peter eran muy jóvenes para pensar en la muerte. Oh, no. Nunca se es demasiado joven, de veras. Tan pronto como se sabe qué es la muerte, ya se la desea uno a alguien. A los dos años ya se mata a la gente con una pistola de aire comprimido. 

Pero esto… Esta pradera africana, interminable y tórrida… y esa muerte espantosa entre las fauces de un león. Una vez, y otra vez…

 -¿A dónde vas?-preguntó Lydia.

 George no contestó. Dejó, preocupado, que las luces se encendieran suavemente ante él, que se apagaran detrás, y se dirigió lentamente hacia el cuarto de los niños. Escuchó con el oído pegado a la puerta. A lo lejos rugió un león. 

Hizo girar la llave y abrió la puerta. No había entrado aún, cuando oyó un grito lejano. Los leones rugieron otra vez.

 George entró en África. Cuántas veces en este último año se había encontrado, al abrir la puerta, en el país de las Maravillas con Alicia y su tortuga, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza en el país de Oz, o con el doctor Doolittle, o con una vaca que saltaba por encima de una luna verdaderamente real… con todas esas deliciosas invenciones imaginarias. Cuántas veces se había encontrado con Pegaso, que volaba entre las nubes del techo; cuántas veces había visto unos rojos surtidores de fuegos de artificio, o había oído el canto de los ángeles. Pero ahora… esta África amarilla y calurosa, este horno alimentado con crímenes. Quizá Lydia tenía razón. Quizá los niños necesitaban unas cortas vacaciones, alejarse un poco de esas fantasías excesivamente reales para criaturas de no más de diez años. Estaba bien ejercitar la mente con las 10 La Pradera acrobacias de la imaginación, pero ¿y si la mente excitada del niño se dedicaba a un único tema? Le pareció recordar que todo ese último mes había oído el rugir de los leones, y que el intenso olor de los animales había llegado hasta la puerta misma del despacho. Pero estaba tan ocupado que no había prestado atención. 

La figura solitaria de George Hadley se abrió paso entre los pastos salvajes. Los leones, inclinados sobre sus presas, alzaron la cabeza y miraron a George. La ilusión tenía una única falla: la puerta abierta y su mujer que cenaba abstraída más allá del vestíbulo oscuro, como dentro de un cuadro.

 -Váyanse-les dijo a los leones.

 Los leones no se fueron.

 George conocía muy bien el mecanismo del cuarto.Uno pensaba cualquier cosa, y los pensamientos aparecían en los muros.

 -¡Vamos! ¡Aladino y su lámpara!-gritó.

 La pradera siguió allí; los leones siguieron allí.

 -¡Vamos, cuarto! ¡He pedido a Aladino!

 Nada cambió. Los leones de piel tostada gruñeron sordamente.

 -¡Aladino!

 George volvió a su cena. 

 -Ese cuarto idiota está estropeado-le dijo a su mujer-. No responde.

 -O…

 -¿O qué?

 -O no puede responder-dijo Lydia-. Los chicos han pensado tantos días en África y los leones y las muertes que el cuarto se ha habituado.

 -Podría ser.

 -O Peter lo arregló para que siguiera así.

 -¿Lo arregló?

 -Pudo haberse metido en las máquinas y mover algo.

 -Peter no sabe nada de mecánica. 

-Es listo para su edad. Su coeficiente de inteligencia…

 -Aun así…

 -Hola, mamá. Hola, papá.

 Los Hadley volvieron la cabeza. Wendy y Peter entraban en ese momento por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta, los ojos como brillantes bolitas de ágata, y los trajes con el olor a ozono del helicóptero.

  -Llegan justo a tiempo para cenar. 

 -Comimos muchas salchichas y helados de frutilla dijeron los niños tomándose de la mano-. Pero miraremos cómo coméis.

 -Sí. Habladnos del cuarto de juegos-dijo George Hadley.

 Los niños lo observaron, parpadeando, y luego se miraron.

 -¿El cuarto de juegos?

 -África y todas esas cosas-dijo el padre fingiendo cierta jovialidad.

 -No entiendo-dijo Peter. 

-Tu madre y yo acabamos de hacer un viaje por África con una caña de pescar, Tom Swift y su león eléctrico.

 -No hay África en el cuarto-dijo Peter simplemente. 

-Oh, vamos, Peter. Yo sé por qué te lo digo.

 -No me acuerdo de ninguna África-le dijo Peter a Wendy-. ¿Te acuerdas tú? 

-No.

 -Ve a ver y vuelve a contarnos.

 La niña obedeció. 

-¡Wendy, ven aquí!-gritó George Hadley; pero Wendy  ya se había ido.

 Las luces de la casa siguieron a la niña como una nube de luciérnagas. George recordó, un poco tarde, que después de su última inspección no había cerrado la puerta con llave.

 -Wendy mirará y vendrá a contarnos.

 -A mí no tiene nada que contarme. Yo lo he visto.

 -Estoy seguro de que te engañas, papá.


-No, Peter. Ven conmigo.

 Pero Wendy ya estaba de vuelta.

 -No es África-dijo sin aliento.

 -Iremos a verlo-dijo George Hadley, y todos atravesaron el vestíbulo y entraron en el cuarto. Había allí un hermoso bosque verde, un hermoso río, una montaña de color violeta, y unas voces agudas que cantaban. El hada Rima, envuelta en el misterio de su belleza se escondía entre los árboles, con los largos cabellos cubiertos de mariposas, como ramilletes animados. La selva africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Sólo Rima estaba allí, cantando una canción tan hermosa que hacía llorar.

 George Hadley miró la nueva escena.

 -Vamos, a la cama-les dijo a los niños.

 Los niños abrieron la boca.

 -Ya me han oído-dijo George. 

Los niños se metieron en el tubo neumático, y un viento se los llevó como hojas amarillas hasta los dormitorios. 

George Hadley atravesó el melodioso cañaveral. Se inclinó en el lugar donde habían estado los leones y alzó algo del suelo. Luego se volvió lentamente hacia su mujer.

 -¿Qué es eso?-le preguntó Lydia.

 -Una vieja valija mía-dijo George.

 Se la mostró. La valija tenía aún el olor de los pastos calientes, y el olor de los leones. Sobre ella se veían algunas gotas de saliva, y a los lados, unas manchas de sangre. 

George Hadley cerró con dos vueltas de llave la puerta del cuarto. 

Había pasado la mitad de la noche y aún no se había dormido. Sabía que su mujer también estaba despierta. 

-¿Crees que Wendy habrá cambiado el cuarto?- preguntó Lydia al fin.

 -Por supuesto.

 -¿Convirtió la pradera en un bosque y reemplazo a los leones por Rima?

  -Sí.

 -¿Por qué?

 -No lo sé. Pero ese cuarto seguirá cerrado hasta que lo descubra.

 -¿Cómo fue a parar allí tu valija?

 -No sé nada-dijo George-. Sólo sé que estoy arrepentido de haberles comprado el cuarto. Si los niños son unos neuróticos, un cuarto semejante…

 -Se supone que el cuarto les saca sus neurosis y tiene una influencia favorable.

George miró fijamente el cielo raso.

 -Comienzo a dudarlo. 

-Hemos satisfecho todos sus gustos. ¿Es ésta nuestra recompensa? ¿Desobediencia, secreteos?

 -¿Quién dijo alguna vez “Los niños son como las alfombras, hay que sacudirlos de cuando en cuando”? Nunca les levantamos la mano. Están insoportables. Tenemos que reconocerlo. Van y vienen a su antojo. Nos tratan como si nosotros fuéramos los chicos. Están echados a perder, y lo mismo nosotros. 

-Se comportan de un modo raro desde hace unos meses, desde que les prohibiste tomar el cohete para  Nueva York.

 -Me parece que le pediré a David McCIean que venga mañana por la mañana para que vea esa África. 

-Pero el cuarto ya no es África. Es el país de los árboles y Rima.

 -Presiento que mañana será África de nuevo.

 Un momento después se oyeron dos gritos.

 Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego el rugido de los leones. 

-Wendy y Peter no están en sus dormitorios-dijo Lydia. 

George escuchó los latidos de su propio corazón.

 -No – dijo-. Han entrado en el cuarto de juegos.

 -Esos gritos… Me parecieron familiares.

 -¿Sí?

 -Horriblemente familiares. 

Y aunque las camas trataron de acunarlos, George y Lydia no pudieron dormirse hasta después de una hora. Un olor a gatos llenaba el aire de la noche. 

-¿Papá? -dijo Peter. 

-Si.

Peter se miró los zapatos. Ya nunca miraba a su  padre, ni a su madre. 

-¿Vas a cerrar para siempre el cuarto de juegos?

 -Eso depende.

 -¿De qué?

 -De ti y tu hermana. Si intercalaseis algunos otros países entre esas escenas de África. Oh… Suecia, por ejemplo, o Dinamarca, o China.

 -Creía que podíamos jugar a nuestro gusto.

 -Sí, pero dentro de ciertos límites.

 -¿Qué tiene África de malo, papá?

 -Ah, ahora admites que pensabas en África, ¿eh?

 -No quiero que cierres el cuarto-dijo Peter fríamente- . Nunca.

 -A propósito. Hemos pensado en cerrar la casa por un mes, más o menos. Llevar durante un tiempo una vida más libre y responsable. 

-¡Eso sería horrible! ¿Tendré que atarme los cordones de los zapatos, en vez de dejar que me los ate la máquina atadora? ¿Y cepillarme yo mismo los dientes, y peinarme y bañarme yo solo?

 -Será divertido cambiar durante un tiempo. ¿No te parece? 

 -No, será espantoso. No me gustó nada cuando el mes pasado te llevaste la máquina de pintar.

 -Quiero que aprendas a pintar tú mismo, hijo mío.

 -No quiero hacer nada. Sólo quiero mirar y escuchar y oler. ¿Para qué hacer otra cosa?

 -Muy bien, vete a tu pradera.

 -¿Vas a cerrar pronto la casa?

 -Estamos pensándolo.

 -¡Será mejor que no lo pienses más, papá! 

-¡No permitiré que ningún hijo mío me amenace!

 -Muy bien. 

Y Peter se dirigió hacia el cuarto de los niños.

 -¿Llego a tiempo?-dijo David McCIean.

 -¿Quieres comer algo?-le preguntó George Hadley. 

-Gracias, ya he desayunado. ¿Qué pasa aquí?

 -David, tú eres psicólogo. 

-Así lo espero.

 -Bueno, quiero que examines el cuarto de los niños. Lo viste hace un año, cuando nos hiciste aquella visita. ¿Notaste entonces algo raro? 

 -No podría afirmarlo. Las violencias usuales, una ligera tendencia a la paranoia. Lo común. Todos los niños se creen perseguidos por sus padres. Pero, oh, realmente nada. 

George y David McCIean atravesaron el vestíbulo.

 -Cerré con llave el cuarto-explicó George-y los niños se metieron en él durante la noche. Dejé que se quedaran y formaran las figuras. Para que tú pudieses verlas.

 Un grito terrible salió del cuarto. 

-Ahí lo tienes-dijo George Hadley-. A ver qué te parece. 

Los hombres entraron sin llamar.

 Los gritos habían cesado. Los leones estaban comiendo.

 -Salgan un momento, chicos-dijo George-. No, no alteren la combinación mental. Dejad las paredes así. Váyanse.

 Los chicos se fueron y los dos hombres observaron a los leones, que agrupados a lo lejos devoraban sus presas con gran satisfacción.

 -Me gustaría saber qué comen-dijo George Hadley- . A veces casi lo reconozco. ¿Qué te parece si traigo unos buenos gemelos y …? 

David McClean se rió secamente.

 -No-dijo, y se volvió para estudiar los cuatro muros . ¿Cuánto tiempo lleva esto?

 -Poco menos de un mes.

-No me impresiona muy bien, de veras.

 -Quiero hechos, no impresiones.

-Mi querido George, un psiquiatra nunca ha visto un hecho en su vida. Sólo tiene impresiones, cosas vagas. Esto no me impresiona bien y te lo digo. Confía en mi intuición y en mi instinto. Tengo buen olfato. Y esto me huele muy mal… Te daré un buen consejo. Líbrate de este cuarto maldito y lleva a los niños a mi consultorio durante un año. Todos los días. 

-¿Es tan grave?

 -Temo que sí. Estos cuartos de juegos facilitan el estudio de la mente infantil, con las figuras que quedan en los muros. En este caso, sin embargo, en vez de actuar como una válvula de escape, el cuarto ha encauzado los pensamientos destructores de los niños. 

-¿No advertiste nada anteriormente?

 -Sólo noté que consentías demasiado a tus hijos. Y parece que ahora te opones a ellos de alguna manera. ¿De qué manera?

 -No los dejé ir a Nueva York. 

 -¿Y qué más?

 -Saqué algunas máquinas de la casa, y hace un mes los amenacé con cerrar este cuarto si no se ocupaban en alguna tarea doméstica. Llegué a cerrarlo unos días, para que viesen que hablaba en serio.

 -¡Aja! 

-¿Significa algo eso?

 -Todo. Santa Claus se ha convertido en un verdugo. Los niños prefieren a Santa Claus. Permitiste que este cuarto y esta casa os reemplazaran, a ti y tu mujer, en el cariño de vuestros hijos. Este cuarto es ahora para ellos padre y madre a la vez, mucho más importante que sus verdaderos padres. Y ahora pretendes prohibirles la entrada. No es raro que haya odio aquí. Puedes sentir cómo baja del cielo. Siente ese sol, George, tienes que cambiar de vida. Has edificado la tuya, como tantos otros, alrededor de algunas comodidades mecánicas. Si algo le ocurriera a tu cocina, te morirías de hambre. No sabes ni cómo cascar un huevo. Pero no importa, arrancaremos el mal de raíz. Volveremos al principio. Nos llevará tiempo. Pero transformaremos a estos niños en menos de un  año. Espera y verás.

 -¿Pero cerrar la casa de pronto y para siempre no será demasiado para los niños? 

-No pueden seguir así, eso es todo.

 Los leones habían terminado su rojo festín y miraban a los hombres desde las orillas del claro.

 -Ahora soy yo quien se siente perseguido-dijo McCIean- . Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estos dichosos cuartos. Me ponen nervioso.

 -Los leones parecen reales, ¿no es cierto?-dijo George Hadley-. Me imagino que es imposible…

 -¿Qué?

-Que se conviertan en verdaderos leones.

 -No lo sé.

 -Alguna falla en la maquinaria, algún cambio o algo parecido…

 -No.

 Los hombres se dirigieron hacia la puerta.

-Al cuarto no le va a gustar que lo paren, me parece.

 -A nadie le gusta morir, ni siquiera a un cuarto.

 -Me pregunto si me odiará porque quiero apagarlo.

 -Se siente la paranoia en el aire-dijo DavidMcCIean- . Se la puede seguir como una pista. Hola.-Se inclinó y alzó del suelo una bufanda manchada de sangre-. ¿Es tuya?

 -No-dijo George Hadley con el rostro duro-. Es de Lydia. 

Entraron juntos en la casilla de los fusibles y movieron el interruptor que mataba el cuarto. 

Los dos niños tuvieron un ataque de nervios. Gritaron, patalearon y rompieron algunas cosas. Aullaron, sollozaron, maldijeron y saltaron sobre los muebles. 

-¡No puedes hacerle eso a nuestro cuarto, no puedes!

 -Vamos, niños. 

Los niños se dejaron caer en un sofá, llorando.

 -George-dijo Lydia Hadley-, enciéndeles el cuarto, aunque sólo sea un momento. No puedes ser tan rudo.

-No.

 -No puedes ser tan cruel. 

-Lydia, está parado y así seguirá. Hoy mismo terminamos con esta casa maldita. Cuanto más pienso en la confusión en que nos hemos metido, más me desagrada. Nos hemos pasado los días contemplándonos el ombligo, un ombligo mecánico y electrónico. ¡Dios mío, cómo necesitamos respirar un poco de aire sano!

 Y George recorrió la casa apagando relojes parlantes, estufas, calentadores, lustradoras de zapatos, ataderas de zapatos, máquinas de lavar, frotar y masajear el cuerpo, y todos los aparatos que encontró en su camino. 

La casa se llenó de cadáveres. Parecía un silencioso cementerio mecánico. 

-¡No lo dejes!-gemía Peter mirando el cielo raso, como si le hablase a la casa, al cuarto de juegos-. ¡No dejes que papá mate todo!-Se volvió hacia George-. ¡Te odio!

 -No ganarás nada con tus insultos.

 -¡Quisiera verte muerto!

 -Hemos estado realmente muertos, durante muchos años. Ahora vamos a vivir. En vez de ser manejados y masajeados, vamos a vivir. 

Wendy seguía llorando y Peter se unió otra vez a ella.

 -Sólo un rato, un ratito, sólo un ratito-lloraban los niños. 

-Oh, George-dijo Lydia-, no puede hacerles daño. 

-Bueno… bueno. Aunque sólo sea para que se callen. Un minuto, nada más, ¿me oyen? Y luego lo apagaremos para siempre.

 -¡Papá, papá, papá!-cantaron los niños, sonriendo, con las caras húmedas.

 -Y en seguida saldremos de vacaciones. David McCIean llegará dentro de medía hora, para ayudarnos en la mudanza y acompañarnos al aeropuerto. Bueno, voy a vestirme. Enciéndeles el cuarto un minuto, Lydia. Pero sólo un minuto, no lo olvides.

 Y la madre y los dos niños se fueron charlando animadamente, mientras George se dejaba llevar por el tubo neumático hasta el primer piso, y comenzaba a vestirse con sus propias manos. Lydia volvió un minuto mis tarde.

 -Me sentiré feliz cuando nos vayamos-suspiró la mujer.

 -¿Los has dejado en el cuarto?

 -Quería vestirme. ¡Oh, esa África horrorosa! ¿Por qué les gustará tanto?

 -Bueno, dentro de cinco minutos partiremos para Iowa. Señor, ¿cómo nos hemos metido en esta casa? ¿Qué nos llevó a comprar toda esta pesadilla?

 -El orgullo, el dinero, la ligereza. 

 -Será mejor que bajemos antes que los chicos vuelvan a entusiasmarse con sus condenados leones.

 En ese mismo instante se oyeron las voces infantiles.

 -¡Papá, mamá! ¡Vengan pronto! ¡Rápido!

 George y Lydia bajaron por el tubo neumático y corrieron hacia el vestíbulo. Los niños no estaban allí. -¡Wendy! ¡Peter! 

Entraron en el cuarto de juegos. En la selva sólo se veía a los leones, expectantes, con los ojos fijos en George y Lydia.

 -¿Peter, Wendy?

 La puerta se cerró de golpe.

 -¡Wendy, Peter! 

George Hadley y su mujer se volvieron y corrieron hacia la puerta.

 -¡Abran la puerta!-gritó George Hadley moviendo el pestillo-. ¡Pero han cerrado del otro lado! ¡Peter!- George golpeó la puerta-. ¡Abran!

 -Se oyó la voz de Peter, afuera, junto a la puerta del cuarto.

 -No permitan que paren el cuarto de juegos y la casa. 

El señor George Hadley y su señora golpearon otra vez la puerta.

 -Vamos, no sean ridículos, chicos. Es hora de irse. El señor McCIean llegará en seguida y… 

Y se oyeron entonces los ruidos. 

Los leones avanzaban por la hierba amarilla, entre las briznas secas, lanzando unos rugidos cavernosos. Los leones. 

El señor Hadley y su mujer se miraron. Luego se volvieron y observaron a los animales que se deslizaban lentamente hacia ellos, con las cabezas bajas y las colas duras. 

El señor y la señora Hadley comenzaron a gritar.

 Y comprendieron entonces por qué aquellos otros gritos les habían parecido familiares.

 -Bueno, aquí estoy-dijo David McCIean desde el umbral del cuarto de los niños-. Oh, hola-añadió, y miró fijamente a las dos criaturas. Wendy y Peter estaban sentados en el claro de la selva, comiendo una comida fría. Detrás de ellos se veían unos pozos de agua, y los pastos amarillos. Arriba brillaba el sol. David McCIean empezó a transpirar-. ¿Dónde están vuestros padres?

 Los niños alzaron la cabeza y sonrieron.

 -Oh, no van a tardar mucho.

 -Muy bien, ya es hora de irse.

 El señor McCIean miró a lo lejos y vio que los leones jugaban lanzándose zarpazos, y que luego volvían a comer, en silencio, bajo los árboles sombríos.

 Se puso la mano sobre los ojos y observó atentamente a los leones.

 Los leones terminaron de comer. Se acercaron al agua.

 Una sombra pasó sobre el rostro sudoroso del señor McCIean. Muchas sombras pasaron. Los buitres descendían desde el cielo luminoso. 

-¿Una taza de té?-preguntó Wendy en medio del silencio.



"El hombre ilustrado" Ray Bradbury

 En una tarde calurosa de principios de setiembre me encontré por primera vez con el hombre ilustrado. Yo caminaba por una carretera asfaltada, recorriendo la última etapa de una excursión de quince días por el Estado de Wisconsin. Al atardecer me detuve, comí un poco de carne de cerdo, unas habas y un bizcocho. Me preparaba a descansar y leer cuando el hombre ilustrado apareció sobre la colina. Su figura se recortó brevemente contra el cielo.

 Yo no sabía entonces que era ilustrado; sólo vi que era alto, que alguna vez había sido esbelto, y que ahora, por alguna razón, comenzaba a engordar. Recuerdo que tenía los brazos largos y las manos anchas, y un rostro infantil en lo alto de un cuerpo macizo.

 Me hablo antes de verme, como si hubiese adivinado mi presencia.

 -Señor, ¿sabe usted dónde podría encontrar trabajo?

 -Temo que no -le respondí. -Cuarenta años y nunca he tenido un trabajo duradero -me dijo.

 Aunque hacía mucho calor, el hombre ilustrado llevaba una camisa de lana, cerrada hasta el cuello. Los puños de las mangas le ocultaban las anchas muñecas. La transpiración le corría por la cara. Y sin embargo no se abría la camisa.

 -Bien -me dijo al fin-, este lugar es tan bueno como cualquiera para pasar la noche. ¿No lo molesto?

 -Si usted quiere, me sobra un poco de comida -le invité.

 Se sentó pesadamente y lanzó un gruñido.

 -Se arrepentir de haberme invitado -me dijo-. Todos se arrepienten. Por eso no paro en ningún sitio. Aquí estamos, a principios de setiembre, en lo mejor de la temporada de las ferias. Tendría que estar ganando montones de dinero en el parque de diversiones de cualquier pueblo, y aquí me tiene, sin ninguna perspectiva.

 El hombre ilustrado se sacó un enorme zapato y lo examinó con atención.

 -Comúnmente conservo mi empleo diez días. Luego algo ocurre, y me despiden. Hoy ningún hombre, de ninguna feria del país se atrevería a tocarme, ni con una pértiga de tres metros.

 -¿Qué le pasa? -le pregunté.

 El hombre me respondió desabotonándose lentamente el cuello apretado. Cerró los ojos, y con movimientos muy lentos se abrió la camisa. Luego, con la punta de los dedos, se tocó la piel. 

-Es curioso -dijo con los ojos todavía cerrados-. No se las siente, pero están ahí. No dejo de pensar que algún día miraré y ya no estarán. Camino al sol durante horas, en los días más calurosos, cocinándome y esperando que el sudor las borre, que el sol las queme; pero llega la noche, y están todavía ahí.

 El hombre ilustrado volvió hacia mí la cabeza, mostrándome el pecho. -¿Están todavía ahí? -me preguntó. 

Durante unos instantes no respiré.

 -Si -dije-, están todavía ahí. 

Las ilustraciones.

 -Me cierro la camisa a causa de los niños -dijo el hombre abriendo los ojos-. Me siguen por el campo. Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.

 El hombre se sacó la camisa y la apretó entre las manos. Tenía el pecho cubierto de ilustraciones, desde el anillo azul, tatuado alrededor del cuello, hasta la línea de la cintura.

 -Y así en todas partes -me dijo adivinándome el pensamiento-. Estoy totalmente tatuado. Mire.

 Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una ilustración. 

En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello, escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.

 -¡Oh! ¡Son hermosas! -exclamé. 

¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo. El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.

 -Ah, si -dijo el hombre ilustrado-, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo... 

El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este. 

-Pues estas ilustraciones -afirmó el hombre-, predicen el futuro. 

No dije nada.

 -Todo está bien a la luz del sol -continuó-. Puedo emplearme entonces en una feria. Pero de noche... Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian. 

Creo que sonreí.

 -¿Desde cuándo está usted ilustrado?

 -Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.

 -Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista? -La mujer volvió al futuro -dijo el hombre-. Así es. Vivía en una casita en el interior de Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me reí. Pero ahora sé que decía la verdad.

 -¿Cómo la conoció?

 El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino. ¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.

 -He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo -dijo el hombre extendiendo los brazos-. Cuando la encuentre, la mataré.

 El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso, y los cuerpos enjutos y alargados del Greco. 

-Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda... -El hombre ilustrado se volvió-. ¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.

 -Si.

 -Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí, en mi espalda, y ella ve toda su vida... cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando tenga sesenta anos. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a si mismo cayendo en un precipicio, o aplastado por un tren... Entonces me despiden.

 El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa, serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa. 

-¿Y nunca encontró a la vieja?

 -Nunca.

 -¿Y cree usted que venía del futuro?

 -¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?

 El hombre, fatigado, cerro los ojos. 

-A veces, de noche -dijo débilmente-, siento las figuras. como hormigas sobre la piel. Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme. No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda cuando se vaya a dormir. 

Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter violento, y las ilustraciones eran tan hermosas... Yo me hubiese ido lejos de toda esa charla. Pero las ilustraciones... Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza. 

La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:

 -Se mueven, ¿no es cierto?

 Esperé un minuto. Y luego dije:

 -Sí.

 Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.

 Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos. los conté uno a uno. 

Primero, mis ojos se posaron en una escena, una casa grande con dos personas. Vi unos buitres que volaban en un cielo rosado y ardiente. Vi leones amarillos, y oí voces.

 La primera ilustración tembló y se animó.

viernes, 6 de marzo de 2026

El héroe

 Definición: del griego "heros": semidiós, varón ilustre por sus hazañas.

El héroe, desde la antigüedad, es la persona que sobresale por su valor y fortaleza. Suele ser un guerrero fuerte o un personaje elevado a la categoría de dios, que destaca por sus poderes extraordinarios o fuera de lo común. Generalmente sobresale por sus cualidades y atributos, todos ellos muy positivos. Es la persona capaz de realizar gestas y hazañas maravillosas que al ser percibidas por el espectador producen en él un efecto curativo o catártico.

En la literatura, el héroe es el personaje primario de una novela o de una obra teatral, independientemente de que aparezca en posesión de todos los atributos y cualidades o carezca por completo de ellos. Son personajes capaces de cambiar el curso de la historia. Es un ser extraordinario que busca ser admirado por las demás personas quienes encuentran en él un modelo a imitar. No es perfecto pero si es superior desde el punto de vista físico, moral, emocional o todo junto.

Podemos distinguir tres clases de héroes:

1- El héroe épico: lucha contra un destino adverso.

2- El héroe trágico: sus sentimientos, deseos y pasiones lo destruirán.

3- El héroe dramático: somete sus pasiones al orden impuesto por el mundo exterior, evitando así su aniquilación.


En la tragedia clásica el autor debía presentar como protagonista a un héroe que procediese de los estratos más elevados de la sociedad. El concepto de héroe empieza a cambiar en el siglo XIX y a partir del siglo XX se emplea tanto para designar al personaje trágico como al cómico y responde al personaje primario de la obra, bien como ser individual o colectivo. 


La trayectoria del héroe

a- Llamado: el héroe en determinado momento le ocurre algo que lo llama a un cambio. En la mayoría de las obras el llamado se realiza dentro de la obra aunque no debe ser así necesariamente, puede estar fuera de la obra.

b- El cruce del umbral: el héroe abandona una situación para pasar a otra.

c- El viaje: puede ser un viaje físico o interno del que generalmente no tiene retorno pues la vida ha cambiado y no hay vuelta atrás, ya no regresa igual.

d- Las pruebas: en ese viaje el héroe experimenta pruebas que lo consagran como héroe. Muchas veces realiza ese viaje acompañado de un guía. De estas pruebas las más conocida es la catábasis que es el descenso al mundo subterráneo; tiene un sentido de revelación de la verdad, casi de reconocimiento. Tiene que ver con el futuro, le ayuda a seguir su camino.