miércoles, 15 de abril de 2026

Mapa de Troya

 

"El infinito en un junco" Irene Vallejo

 

Homero está envuelto en el misterio. Es un nombre sin biografía, o tal vez solo el mote de un poeta ciego —el nombre «Homero» se puede traducir como «el que no ve»—. Los griegos nada sabían con certeza sobre él y ni siquiera se ponían de acuerdo cuando intentaban situarlo en el tiempo. Heródoto creía que había vivido en el siglo IX a. C. («cuatro siglos antes de mi época y no más», escribió), mientras que otros autores lo imaginaban contemporáneo a la guerra de Troya, en el siglo XII a. C. Homero era un vago recuerdo sin contornos, la sombra de una voz a la que atribuían la música de la Ilíada y la Odisea. Todo el mundo en aquella época conocía la Ilíada y la Odisea. Quienes sabían leer habían aprendido a hacerlo leyendo a Homero en la escuela, y los demás habían escuchado contar de viva voz las aventuras de Aquiles y Ulises. Desde Anatolia hasta las puertas de la India, en el mundo helenístico expandido y mestizo, ser griego dejó de ser un asunto de nacimiento o de genética; tenía mucho más que ver con amar los poemas homéricos. La cultura de los conquistadores macedonios se resumía en una serie de rasgos distintivos, que las poblaciones nativas estaban obligadas a adoptar si querían ascender: la lengua, el teatro, el gimnasio —donde los hombres se ejercitaban desnudos, para escándalo de los demás pueblos—, los juegos atléticos, el simposio —una forma refinada de reunirse para beber— y Homero. En una sociedad que nunca tuvo libros sagrados, la Ilíada y la Odisea eran lo más parecido a la Biblia. Fascinados por Homero o enfurecidos con él, pero sin la vigilancia de una clase sacerdotal, los escritores, artistas y filósofos griegos se sintieron libres para explorar, cuestionar, satirizar o ensanchar los horizontes homéricos. Se cuenta que Esquilo dijo humildemente que sus tragedias eran solo «las migajas del gran banquete de Homero». Platón dedicó largas páginas a atacar la presunta sabiduría del poeta, y lo expulsó de su república ideal. Cierta vez desembarcó en Alejandría un sabio ambulante llamado Zoilo, que promocionaba sus conferencias declarándose subversivamente «el fustigador de Homero», y el rey Ptolomeo acudió en persona a su espectáculo para «acusarlo de parricidio». Nadie permanecía indiferente ante las epopeyas de Aquiles y Ulises. Los papiros desenterrados en Egipto confirman que la Ilíada fue con diferencia el libro griego más leído en la Antigüedad, y se han encontrado pasajes de los poemas en los sarcófagos de momias grecoegipcias —personas que se llevaron consigo versos homéricos rumbo a la eternidad—. Los poemas homéricos eran más que un entretenimiento para un público hechizado, expresaban los sueños y las mitologías de los pueblos antiguos. Desde tiempos remotos, de generación en generación, los seres humanos nos relatamos los hechos históricos que han dejado huella en la memoria de las generaciones, pero tenemos la manía reincidente de convertirlos en leyenda. En el siglo XXI, la invención de gestas heroicas puede parecernos un mecanismo primitivo y ya superado. Sin embargo, no es así: cada civilización elige sus episodios nacionales y consagra a sus héroes para enorgullecerse de un pasado legendario. Tal vez el último país en forjar su universo mítico haya sido los Estados Unidos, con el western, y ha logrado exportar su fascinación al mundo globalizado contemporáneo. John Ford reflexionó sobre la mitificación de la historia en El hombre que mató a Liberty Valance, donde el director de un periódico, rasgando el artículo sólidamente documentado de su reportero de investigación, concluye: «Esto es el Oeste, señor. Y, en el Oeste, cuando los hechos se convierten en leyenda, hay que imprimir la leyenda». No importa que la época añorada (los tiempos del genocidio indio, la guerra civil, la fiebre del oro, el poder de los salvajes vaqueros, las ciudades sin ley, la apología del rifle y la esclavitud) fuese en realidad poco gloriosa. Algo parecido podría afirmarse —y algunos griegos tuvieron el coraje de decirlo— acerca del gran acontecimiento fundacional heleno, la sangrienta guerra de Troya. Pero, igual que el cine nos ha enseñado a enamorarnos de los paisajes polvorientos y grandiosos del Lejano Oeste, de los territorios fronterizos, del espíritu pionero y del afán de conquistar la tierra, Homero emocionaba a los griegos con sus violentos y vibrantes relatos del campo de batalla y del regreso de los veteranos al hogar. Como las mejores películas del Oeste, Homero es más que un mero panfleto patriótico. Es cierto que sus poemas representaban al mundo aristocrático sin rebelarse contra sus injusticias ni ponerlo en entredicho, pero también sabía captar los claroscuros de sus historias. Allí reconocemos una mentalidad y unos conflictos no tan lejanos de los nuestros —o, para ser exactos, dos mentalidades, porque la Odisea es muchísimo más moderna que la Ilíada—. La Ilíada narra la historia de un héroe obsesionado por la fama y el honor. Aquiles puede elegir entre una vida sin brillo, larga y tranquila, si se queda en su país, o una muerte gloriosa, si se embarca hacia Troya. Y decide ir a la guerra, aunque las profecías le advierten de que no regresará. Aquiles pertenece a la gran familia de las personas deslumbradas por un ideal, valientes, comprometidas, melancólicas, insatisfechas, empecinadas y propensas a tomarse muy en serio a sí mismas. Alejandro soñó desde la infancia con parecerse a él, y buscó inspiración en la Ilíada durante los años de su fulgurante campaña militar. En el cruel universo bélico, los jóvenes mueren y los padres sobreviven a sus hijos. Una noche, el rey de Troya se aventura a solas hasta el campamento enemigo, para rogar que le devuelvan el cadáver de su hijo, con el fin de enterrarlo. Aquiles, el asesino, la máquina de matar, se compadece del viejo y, ante la imagen de dolorida dignidad del anciano, recuerda a su propio padre, a quien no volverá a ver. Es un momento conmovedor, en el que el vencedor y el vencido lloran juntos y comparten certezas: el derecho a sepultar a los muertos, la universalidad del duelo y la belleza extraña de esos destellos de humanidad que iluminan momentáneamente la catástrofe de la guerra. Sin embargo, aunque la Ilíada no lo cuenta, sabemos que la tregua será breve. La guerra continuará, Aquiles morirá en combate, Troya será arrasada, sus hombres, pasados a cuchillo, y sus mujeres, sorteadas como esclavas entre los vencedores. El poema termina al borde del abismo. Aquiles es un guerrero tradicional, habitante de un mundo severo y trágico; en cambio, el vagabundo Ulises —una criatura literaria tan moderna que sedujo a Joyce— se lanza con placer a aventuras fantásticas, imprevisibles, divertidas; a veces eróticas, a veces ridículas. La Ilíada y la Odisea exploran opciones vitales alejadas, y sus héroes afrontan las pruebas y azares de la existencia con temperamentos opuestos.