viernes, 25 de abril de 2025

"El gato negro" Edgar Allan Poe

 Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que insólitos. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos. La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter, y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural. Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato. Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo. Plutón —se llamaba así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me fuera siguiendo por las calles. Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento —me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente, no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente, se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter. Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo… Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad. Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo el recuerdo de mi acción. Curó entretanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho. No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre… ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley? Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente a llevar a efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios. En la noche siguiente al día en que fue cometida una acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de: «¡Fuego!». Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado y me entregué desde entonces a la desesperación. No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras: «extraño», «singular», y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda. Apenas hube visto esta aparición —porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía. Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle. Me hallaba sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel, y me sorprendió no haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca, aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho. Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era, pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces. Continué acariciándole, y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llegó a ella se encontró como si fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer. Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza, y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible, y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia. Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros. Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, se acurrucaba bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, se metía entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror del animal. Este terror no era positivamente el de un mal físico, y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal se habían acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos. En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía! Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo hermano fue aniquilado por mí con desprecio; una bestia bruta engendraba en mí, en mí, hombre formado a imagen del Altísimo, tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, me dejaba el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro, y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón. Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos se convirtieron en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca. ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La más paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciegamente me abandoné desde entonces. Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato, y, habiéndome hecho tropezar de cabeza, me exasperó hasta la locura. Apoderándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido. Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambié la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el más factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas. La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre, y no hacía mucho tiempo habían sido cubiertos en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad. Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso. No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder restablecer sin gran esfuerzo toda la fábrica a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me procuré una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique. Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: «Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso». Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que había sido el causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. En toda la noche no se presentó, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma. Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca. Mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Se incoó una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura. Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación. Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me alteré lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí el sótano de punta a punta, crucé los brazos sobre el pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo, a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia. —Señores —dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción haber desvanecido sus sospechas. Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa muy bien construida —apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros… ¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez. Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón. ¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio. Apenas se hubo hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y entrecortada como el sollozo de un niño. Después, enseguida, se hinchó en un grito prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano. Un alarido, un aullido mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación. Sería una locura expresaros mis pensamientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante se detuvieron en los escalones los agentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circunstantes. Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.


https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/2%20El%20gato%20negro.pdf

martes, 4 de marzo de 2025

La Generación del 45

 La Generación del 45 

 

El nombre hace referencia a un grupo de escritores uruguayos (aunque también incluyó músicos, pintores, actores y filósofos) que surgieron entre los años 1945 a 1950.

 

Los integrantes de este grupo publicaban sus cuentos en diarios y revistas, ya que no existía un mercado editorial nacional en esa fecha. Lo hacían, especialmente, en el semanario Marcha, fundado en 1939 por el reconocido abogado y periodista uruguayo Carlos Quijano.

Esta generación fue parte de un fenómeno social, político y cultural que tuvo una influencia determinante en la identidad intelectual uruguaya contemporánea.

Uno de sus integrantes, Ángel Rama, prefirió llamarla Generación crítica, ya que todos los integrantes eran grandes analistas y cuestionadores de la realidad de la época. 

 

En sus comienzos, sus miembros dejaron atrás "remanentes naturalistas" y buscaron esquemas que respondieran a la realidad imperante

Las características más relevantes de su literatura tienen que ver con:

  • la elección de temáticas de la vida urbana, no pública, sino íntima, privada y cotidiana, dadas a conocer con angustia y desilusión.
  • el reconocimiento de una narrativa compleja y una prosa cuidada.
  • la innovación en técnicas narrativas que apuntaban a la subjetividad, como lo son, el fluir de la conciencia y el monólogo interior. 

Fuente: Biblioteca Ceibal

Biografía de Armonía Somers

 

Siglo XX - Armonía Somers

Breve Biografía de Armonía Somers

Armonía Somers nació en 1914, maestra, pedagoga y escritora uruguaya.

Desde 1933, en que obtuvo su título de maestra, trabajó en distintas escuelas, conociendo la problemática social de diferentes zonas que influyeron en sus publicaciones pedagógicas. Abordó el problema de los marginados sociales y de la delincuencia juvenil: "La antisocialidad juvenil en el Uruguay", "Educación de la adolescencia", por este último obtuvo un merecido reconocimiento, otorgándole el premio del Consejo Departamental de Montevideo en 1957.

Armonía Etchepare tomó el seudónimo de Armonía Somers para firmar todas sus novelas y así ocultar su verdadera identidad. Transgresora, liberal y combativa en sus escritos, su primera obra apareció en 1950, "La mujer desnuda", provocó un gran escándalo, por su cruda y mórbida libertad sobre el sexo, violadores y lesbianismo. 
Hay una abierta crítica moral y metafísica a la sociedad, pero asombró más el hecho de haber sido escrita por una mujer.

Armonía ha recibido numerosos premios: "El derrumbamiento" (1953) mereció el Primer Premio Narrativa del Ministerio de Instrucción Pública. "De miedo en miedo" (1965), "Un retrato para Dickens"(1969) por este libro se le otorgó el Premio Intendencia Municipal de Montevideo. "Sólo los elefantes encuentran mandrágora" (1986) aquí transformó su enfermedad en creación masoquista, con crueldad y alevosía.


Los cuentos de Armonía son complejos; aunque los temas son muy humanos: amor, muerte, soledad, incomunicación, también aparecen la miseria humana, lo sórdido, lo abyecto, la violencia ejercida sobre el más débil y el erotismo. Transgreden las fronteras tradicionales, hay rechazo y fascinación ante lo demoníaco, horror y perversión de lo humano, personajes crueles y obscenos. 

En 1962 es nombrada Directora del Museo Pedagógico del Uruguay. Viajó a París en 1964, invitada por el gobierno, para estudiar la organización de los centros de reeducación e instituciones penitenciarias. Fue a Londres, para el Congreso de Prevención del Crimen y el Tratamiento de Delincuentes, invitada por las Naciones Unidas.

En 1971 se retiró de la función pública, dedicándose a sus actividades de escritora. Su obra literaria fue traducida al inglés, francés y alemán. Su vida privada fue discreta y preservó su intimidad. 

Armonía Somers murió en Montevideo, en 1994, con casi 80 años de edad.

Fuente: mujeresquehacenlahistoria.blogspot.com

"Muerte por alacrán" Armonía Somers

 Tan pronto como surgieron a lo lejos los techos de pizarra de la mansión de veraneo (1), dispuestos en distintos planos inclinados, los camioneros (2) lograron comprender lo que se estaban preguntando desde el momento de iniciar la carga de la leña (3). ¿A qué tanto combustible bajo un sol que ablanda los sesos (4)?

– Los ricos son así, no te calientes por tan poco, que ya tenemos de sobra con los cuarenta y nueve del termómetro – dijo el más receptivo al verano de los dos individuos, mirando de reojo (5) el cuello color uva del otro, peligrosamente hipertenso.
Y ya no hablaron más, al menos utilizando el lenguaje organizado de las circunstancias normales. Tanto viaje compartido había acabado por quitarles el tema, aunque no las sensaciones comunes que lo hacían de cuando en cuando vomitar alguna palabrota en código de tipo al volante (6), y recibir la que se venía de la otra dirección como un lenguaje de banderas. Y cuidarse mutuamente con respecto al sueño que produce entre los ojos la raya blanca. Y sacar por turno la botella, mirando sin importársele nada la cortina de vidrio movedizo que se va hendiendo (7) contra el sol para meterse en otra nueva.
Y desviar un poco las ruedas hasta aplastar la víbora atravesada en el camino (8), alegrándose luego de ese mismo modo con cualquier contravención a los ingenuos carteles ruteros (9), como si hubiese que dictar al revés todas aquellas advertencias a fin de que, por el placer de contradecirlas, ellos se condujeran alguna vez rectamente (10). Hasta que las chimeneas que emergían como tiesos soldados de guardia en las alturas de un fuerte, les vinieron a dar las explicaciones del caso.
– Ya te lo decía, son ricos, no se les escapa nada. Vendrán también en el invierno, y desde ya se están atiborrando (11) de leña seca para las estufas, no sea cosa de dejarse adelantar (12) por nadie, ni siquiera por las primeras lluvias.
Pero tenían la boca demasiado pastosa a causa de la sed para andar malgastando la escasa saliva que les quedaba en patentar el descubrimiento (13). Más bien sería cuestión de hacer alguna referencia a lo otro que venía a sus espaldas, algo de la dimensión de un dedo pulgar, pero tan poderoso como una carga de dinamita o la bomba atómica.
– No ha dejado de punzarme (14) el hijo de perra durante todo el viaje. Con cada sacudida en los malditos baches (15), me ha dado la mala espina (16) de que el alacrán me elegía como candidato – dijo el apoplético (17) no pudiendo aguantar más su angustia contenida, y arrojando por sustitución el sudor del cuello que se sacaba entre los dedos.
– ¿Acabarás con el asunto? – gritó el que iba en el volante (18). Para tanto como eso hubiera sido mejor renunciar al viaje cuando lo vimos esconderse entre la leña... Como un trencito de juguete – agregó con sadismo (19) señalando en el aire la marcha sinuosa de un convoy –y capaz de meterse en el túnel del espinazo. (El otro se restregó (20) con terrorcontra el respaldo.) Pero agarramos el trabajo ¿no es cierto? Entonces, con alacrán y todo, tendremos que descargar. Y si el bicho nos encaja (21) su podrido veneno, paciencia.
Se revienta de eso y no de otra peste cualquiera. Costumbre zonza (22) la de andar eligiendo la forma de estirar la pata (23).
Aminoró (24) la marcha al llegar al cartel indicador: Villa Therese Bastardilla.
Entrada. Puso el motor en segunda y empezó a subir la rampa de acceso al chalet,metiéndose como una oruga (25) entre dos extensiones de césped (26) tan rapado (27), tan sin sexo que parecía más bien el fondo de un afiche (28) de turismo. Dos enormes perros daneses que salieron rompiendo el aire les adelantaron a ladridos la nueva flecha indicadora:
Servicios. Más césped sofisticado de tapicería (29), más ladridos. Hasta que surgió el sirviente, seco, elegante y duro, con expresión hermética de candado (30), pero de los hechos a cincel para un arcón (31) de estilo.
– Por aquí – dijo señalando como lo haría un director de orquesta hasta hacia los violines.
Los camioneros se miraron con toda la inteligencia de sus kilómetros de vida. Uno de los daneses (32) descubrió la rueda trasera del camión recién estacionado, la olió minuciosamente, orinó como correspondía. Justo cuando el segundo perro dejaba también su pequeño arroyo (33) paralelo, que el sol y la tierra se disputaron como estados limítrofes(34), los hombres saltaron cada cual por su puerta, encaminándose a la parte posterior del vehículo. Volvieron a entenderse con una nueva mirada. Aquello podía ser también una despedida de tipo emocional por lo que pudiera ocurrirles separadamente, al igual que dos soldados con misión peligrosa. Pero esos derroches (35) de ternura humana duran poco, por suerte. Cuando volvió el mucamo (36) con dos grandes cestos, los hombres que se habían llorado el uno al otro ya no estaban a la vista. El par de camioneros vulgares le arrebató (37) los canasastos de las manos, siempre mandándole aquellas miradas irónicas que iban desde sus zapatos lustrados a su pechera (38) blanca. Luego uno de ellos maniobró con la volcadora39 y el río de troncos empezó a deslizarse. Fue el comienzo de la descarga del terror. Del clima solar del jardín al ambiente de cofre de ébano de adentro y viceversa. Y siempre con el posible alacrán en las espaldas. Varias idas y venidas a la leñera de la cocina, donde una mujer gorda y mansa como una vaca les dio a beber agua helada con limón y les permitió lavarse la cara. Luego, a cada uno de los depósitos pertenecientes a los hogares de las habitaciones. No había nadie a la vista. (Nunca parece haber nadie en estas mansiones ¿te has dado cuenta?). Hasta que después de alojarla última astilla(40), salieron definitivamente de aquel palacio de las Mil y una noches sin haberlo gozado como era debido, pero festejando algo más grande, una especie deresurrección que siempre provocará ese nuevo, insensato amor a la vida.
Era linda, a pesar de todo. Qué muebles bárbaros, qué alfombras. Si hasta me parecía estar soñando entre todo aquello. Cómo viven éstos, cómo se lo disfrutan todo a puerta cerrada los hijos de puta.
El mucamo volvió sin los canastos, pero con una billetera en la mano. Le manotearon el dinero que les alargaba y treparon como delincuentes a la cabina. Ya se alejaban maniobrando a todo ruido, siempre asaltados por los perros en pleito por sus meaderos (41), cuando uno de los tipos, envanecido42 por la victoria íntima que sólo su compañero hubiera podido compartir, empezó a hacer sonar la bocina(43) al tiempo que gritaba:
– ¡Eh, don, convendría decirle a los señores cuando vuelvan que pongan con cuidado el traste en los sillones! Hay algo de contrabando en la casa, un alacrán así de grande que se vino entre las astillas.
– Eso es un cocodrilo, viejo – agregó el del volante largándose a reír y echando mano a la botella.
Fue cuando el camión terminó de circunvalar la finca (44), que el hombre que había quedado en tierra pudo captar el contenido del mensaje. Aquello, que desde que se pronuncia el nombre es un conjunto de pinzas, patas, cola, estilete ponzoñoso, era lo que le habían arrojado cobardemente las malas bestias como el vaticinio (45) distraído de una bruja, sin contar con los temblores del pobre diablo que lo está recibiendo en pleno estómago. Entró a la mansión por la misma puerta posterior que había franqueado para la descarga, miró en redondo. Siempre aquel interior había sido para él la jungla de los objetos, un mundo completamente estático pero que, aun sin moverse, está de continuo exigiendo, devorándose al que no lo asiste. Es un monstruo lleno de bocas, erizado de patas, hinchado de aserrín46 y crines (47), con esqueleto elástico y ondulado por gibas (48) de molduras (49). Así, ni más ni menos, lo vio el mismo día del nacimiento de la pequeña Therese, también el de su llegada a la casa y su toma de posesión con un poco catorce años de relativa confianza entre él y las cosas, viene a agregarse una pequeña unidad, mucho más reducida en tamaño que las miniaturas que se guardan en la vitrina de marfiles, pero con movimiento propio, con designios tan elementales como maléficos. Y ahí, sin saber él expresarlo, y como quien come la fruta existencial y mete diente al hueso, toda una filosofía, peor cuando no se la puede digerir ni expulsor por más que se forcejee. El alacrán que habían traído con los leños estaba allí de visita, en una palabra. Un embajador de alta potencia sin haber presentado sus credenciales. Sólo el nombre y la hora. Y el desafío de todos lados, y de ninguno.
El hombre corrió primeramente hacia el subsuelo (51) en uno de cuyos extremos estaba ubicada la leñera recién embutida (52). La mujer subterránea, a pesar de constituir el único elemento humano de aquella soledad, tenía una cara apacible, tan sin alcance comunicativo, que con sólo mirársela bastaba para renunciar a pedirle auxilio por nada.
– ¿Qué ha ocurrido, Felipe, por qué baja a esta hora? ¿Los señores ya de vuelta? – dijo con un acento provinciano refregándose en el delantal las manos enharinadas.
– No, Marta, regresarán a las cinco, para el té. Sólo quería un poco de jugo de frutas – contestó él desvaídamente (53), echando una mirada al suelo donde habían quedado desparramadas (54) algunas cortezas.
La mujer de la cara vacuna, que interpretó el gesto como una inspección ocular,fue en busca de una escoba, amontonó los restos con humildad de inferior jerárquico.
Mientras se agachaba para recogerlos, él la miró a través del líquido del vaso. Buena, pensó, parecida a ese tipo de pan caliente con que uno quisiera mejorar la dieta en el invierno. Aunque le falte un poco de sal y al que lo hizo se le haya ido la mano en la levadura... Ya iba a imaginar todo lo demás, algo que vislumbrado a través de un vaso de jugo de frutas toma una colocación especial, cuando el pensamiento que lo había arrojado escaleras abajo empezó a pincharle todo el cuerpo, igual que si pelo a pelo se le transformase en alfileres (55). Largó de pronto el vaso, tomó una zarpa de rastrear el jardín (56)que había colgada junto a la puerta de la leñera y empezó a sacar las astillas hacia elcentro de la cocina como un perro que hace un pozo en busca del hueso enterrado. A cada montón que se le venía de golpe, evidentemente mal estibado (57) por la impaciencia de los camioneros, daba un salto hacia atrás separando las piernas, escrudiñaba el suelo. Así fue cómo empezó a perder su dignidad de tipo vestido de negro. El polvo de la madera mezclado con el sudor que iba ensuciando el pañuelo, lo transformaron de pronto en algo sin importancia, un maniquí de esos que se olvidaron de subastar en la tienda venida a menos. Pero qué otro remedio, debía llegar hasta el fin. Pasó por último la zarpa en el piso del depósito. Luego miró la cara de asombro de la cocinera. A. través del aire lleno de partículas, ya no era la misma que en la transparencia del jugo de frutas. Pero eso, la suciedad de la propia visión, es algo con lo que nunca se cuenta, pensó, en el momento en que las cosas dejan de gustarnos. Escupió con asco a causa de todo y de nada. Se sacudió con las manos el polvo del traje y empezó a ascender la escalera de caracol que iba al hall de distribución de la planta principal (58). Volvió a mirar con desesperanza el mundo de los objetos. Desde los zócalos (59) de madera a las vigas del techo, casualmente lustradas color alacrán, desde las molduras de los cofres a las bandejas entreabiertas de algunos muebles, el campo de maniobras de un huésped como aquel era inmenso. Quedaba aún la posibilidad de mimetismo (60) en los dibujos de los tapices, en los flecos (61) de las cortinas, en los relieves de las lámparas. Cierto que podía dilatarse (62) la búsqueda hasta el regreso de la gente. ¿Pero a título de qué? Si ha estallado una epidemia no se espera al Ministro de Salud que anda de viaje para pelear contra el virus, aunque sea a garrotazos (63), y sin que se sepa dónde está escondida la famosa hucha (64) pública. Así, pues, para no morir con tal lentitud, decidió empezar a poner del revés toda la casa. Había oído decir que el veneno del escorpión, con efectos parecidos al del curare (65), actuaba con mayor eficacia según el menor volumen de la víctima. Animales inferiores, niños, adultos débiles. Vio mentalmente a la joven Therese debatiéndose en la noche luego de la punzada en el tobillo, en el hombro. Primeramente, al igual que bajo el veneno indígena, una breve excitación, un delirio semejante al que producen las bebidas fermentadas. Luego la postración, acto seguido la parálisis. Fue precisamente la imagen de aquel contraste brutal, la exasperante movilidad de la criatura en su espantosa sumisión a la etapa final del veneno, lo que rompió sus últimas reservas lanzándolo escaleras arriba hacia el pasillo en que se alienaban las puertas abiertas de los dormitorios.
Aun sabiéndolo vacío, entró en el de la niña con timidez. Siempre había pisado allí con cierto estado de desasosiego (66), primeramente a causa de que las pequeñas recién nacidas suelen estar muchas veces desnudas. Después, a medida que las pantorrillas de la rubia criatura fuesen cambiando de piel, de calibre, de temperamento, en razón de que no estuviera ya tan a menudo desvestida. Así, mientras se trazaba y ejecutaba el plan de la búsqueda (en primer término alfombra vuelta y revisada prolijamente), empezó a recrear la misteriosa línea de aquel cambio. Desde muy tierna edad acostumbraba ella a echársele al cuello con cada comienzo de la temporada (luego cortinas vistas del revés, por si acaso), pero alterándose cada año desde el color y la consistencia del pelo (colcha vuelta, almohadas), a la chifladura de los peinados. Finalmente, este último verano y apenas unos días antes, había percibido junto con el frenético abrazo de siempre al mucamo soltero las redondas perillas de unos senos de pequeña hembra sobre su pechera almidonada. Desde luego, pues, que le estaría ya permitido a él estremecerse secretamente (sábanas arrancadas de dos tirones violentos). Aquella oportunidad de conmoverse sin que nadie lo supiera era una licencia que la misma naturaleza le había estado reservando por pura vocación de alcahueta (67) centenaria que prepara chiquillas inocentes y nos las arroja en los brazos. Bueno, tampoco en la cama revisada hasta debajo del colchón que ha volado por los aires, ni entre los resortes del elástico. De pronto, desde la gaveta (68) entre abierta de la cómoda, una prenda rosada más parecida a una nube que a lo que sugiere su uso. Era la punta del hilo de su nuevo campo. Y fue allí, debajo de otras nubes, de otras medusas, de otras tantas especies infernales de lo femenino, que el color infamante del animal se le apareció concretamente. Con el asco que produce la profanación, se abalanzó sobre el intruso.
Pero la cosa no era del estilo vital de un alacrán que mueve la cola, sino el ángulo de una pequeña agenda de tapas de cuero de cocodrilo, que ostentaba el sello dorado de la casa del progenitor (Günter, Negocios Bursátiles), de las que se obsequian cortésmente a fin de año. Retuvo un momento con emoción aquella especie de amuleto infantil, al igual que si hubiera encontrado allí una pata de conejo, cualquier cosa de esas que se guardan en la edad de los fetiches. Tonterías de chiquilla, una agenda entre las trusas (69) y los pequeños sostenes (70). De pronto, los efluvios de tanta prenda que va pegada al cuerpo, un cuerpo que ya tiene tetillas que le perforan a uno sus pecheras, lo inducen a entreabrir en cualquier página, justamente donde había algo más garrapateado (71) a lápiz y con la fecha del día de llegada. “Hoy, maldito sea, de nuevo en la finca, qué aburrimiento. Dejar a los muchachos, interrumpir las sesiones de baile, el copetín de los nueve ingredientes inventado por “Los 9”. Pero no niegues, Therese, que te anduvo una cosa brutal por todo el cuerpo al abrazar este año a Felipe. Y pensar que durante tanto tiempo lo apretaste como a una tabla. Recordar el asunto esta noche en la cama. En todo caso, las píldoras sedantes recetadas por el Doctor O. mejor no tomarlas y ver hasta dónde crece la marea.
Y no olvidarse de poner el disco mientras dure...”
Un concierto de varios relojes empezó a hacer sonar las cuatro de la tarde. El hombre dejó caer la pequeña agenda color alacrán sobre el suelo. Justamente volvió a quedar abierta en la página de la letra menuda. La miró desde arriba como a un sexo, con esa perspectiva, pensó, con que habrían de tenerlos ante sí los médicos tocólogos (72), tan distinta a la de los demás mortales. No había astillas en la habitación. La niña, que odiaba las estufas de leña porque eran cosas de viejo, según sus expresiones, guardaba un pequeño radiador eléctrico en el ropero. Cuando, rígido y desprendido de las cosas como sonámbulo, llegó al sitio del pasillo donde el señor Günter tenía ubicado su dormitorio, aún seguían las vibraciones de las horas en el aire. Se apoyó contra el marco de la puerta antes de entrar de lleno a la nueva atmósfera. ¿Cómo sería, cómo será en una niña? – masculló (73) sordamente –Agendas abiertas, una marea de pelo rubio sobre la almohada, el disco insoportable que había oído sonar a media noche en la habitación cerrada. Empezó, por fin, a repetir el proceso de la búsqueda. Un millar de escorpiones con formas de diarios íntimos iban saltando de cada leño de la chimenea, ésta sí repleta, como con miedo de un frío mortal de huesos precarios. Hasta tener la sensación de que alguno le ha punzado realmente, no sabría decir ni dónde ni en qué momento, pero como una efectividad de aguja maligna. Deshizo rabiosamente la cama, levantó las alfombras, arrojó lejos el frasco de píldoras somníferas que había sobre la mesa de noche, cuando el cofre secreto embutido tras un cuadro y cuya combinación le había sido enseñada por el amo en un gesto de alta confianza, le sugirió desviar la búsqueda. Nunca hasta entonces los atados de papeles alineados allí dentro le hubieran producido ningún efecto. Pero ya no era el mismo hombre de siempre, sino un moribundo (74) arrojado a aquel delirio infernal por dos tipos huyendo en un camión después de echarle la mala peste. Quitó el cuadro, puso en funcionamiento la puerta de la caja de seguridad, introdujo la mano hasta alcanzar los documentos cuidadosamente etiquetados. Quizás, masculló, si es que el maldito alacrán me ha elegido ya para inocularme su porquería, encuentre aquí el contraveneno de un legado (75) a plazo fijo, no sea cosa de largarse antes sin saberlo.
Y del agujero de la pared comenzó a fluir la historia negra de los millones de Günter Negocios de Bolsa, novelescamente ordenada por capítulos. El capítulo del robo disfrazado de valores ficticios, la mentira de los pizarrones hinchados de posibilidades, el globo que estalla por la inflación provocada artificiosamente, los balances apócrifos, la ocultación de bienes, la utilización en beneficio propio de fondos que le fueran confiados con determinado destino, los supuestos gastos o pérdidas en perjuicio de sus clientes, las maniobras dolosas (76) para crear subas o bajas en los valores, el agio (77) en sus más canallescas 8789 formas. Y todo ello reconocido y aceptado cínicamente en acotaciones (79) al margen, como si el verdadero placer final fuera el delito, una especie de apuesta sucia jugada ante sí mismo.
El hombre leyó nítidamente en uno de los últimos rótulos: “Proceso, bancarrota y suicidio de M. H.” Antes de internarse en la revelación, rememoró al personaje escondido tras las iniciales. Fue en el momento en que le veía durante una de las famosas cenas de la finca tratando de pinchar la cebollita que escapara por varias veces a su tenedor, lo que todo el mundo festejó con explosiones de risa, cuando la historia del desgraciado M. H. contada por Günter Negocios empezó a surgir de aquellos pagarés (80), de aquellos vales (81) renovados, de aquellos conformes vencidos, de aquellas cartas pidiendo clemencia (82), hasta– llegar al vértice de la usura (83), para terminar en la ejecución sin lástima. Luego, modelo de contabilidad, el anfitrión (84) de Villa Therese registrando el valor de las flores finales, esas que un hombre muerto ya no mira ni huele. Pero quedaría siempre sin relatar lo de la cebollita en vinagre, pensó como un testigo que ha vivido una historia que otro cuenta de oído. Entonces se evocó a sí mismo dejando la botella añeja que traía envuelta en una servilleta y, como buen conservador de alfombras, agachándose a buscar bajo la mesa lo que había caído. Allí, entre una maraña de bajos de pantalones, pies de todos los tipos, encontró la pierna de la esplendente (85) señora de Günter Negocios enlazada con la del amigo M. H., o mejor la pierna del hombre entre las de ella, que se movía en una frotación lenta y persistente como de rodillos (86) pulidores (87). Cuando él volvió a la superficie con la inocua esferita embebida en ácido, le pareció ver salir del cráneo pelado del señor de las grandes operaciones bursátiles algo parecido al adorno de un tapiz de la sala, el de la cacería de los ciervos. Aunque ahora, atando todos los cabos sueltos (88), el hombre de la cabeza con pelo negro ya insinuándose al gris que gusta a las mujeres, estuviera también en aquellos bosques de la ruina perseguida por los perros Günter, arrinconado, con su propia pistola apuntándose a las bellas sienes encanecidas. Formas de muerte, dijo, mientras seguía buscando el alacrán entre los historiales y sintiendo multiplicar sus agujas por todo el cuerpo. Dejó ya con cierta dificultad la habitación alfombrada de papeles. La cosa, si es que lo era verdaderamente, parecía andarle por las extremidades inferiores, pues cada paso era como poner el pie en un cepo (89) que se reproduce. Pero con la ventaja de estar libre aún de la mitad del cuerpo hacia arriba, contando con los brazos para manejarse y el cerebro para dirigirlos.
Finalmente, el cuarto de la mujer, la gran Teresa, como él la había llamado mentalmente para diferenciarla de la otra. Al penetrar en su ambiente enrarecido de sensualidad, se le dibujó tal cual era, pelirroja, exuberante y con aquel despliegue de perfumes infernales que le salían del escote (90), de los pañuelos perdidos. Casi sin más fuerza que para sostenerse en pie, empezó a cumplir su exploración para la que había adquirido ya cierto ejercicio. En realidad, eso de deshacer y no volver nada a su antiguo orden era mantener las cosas en su verdadero estado, murmuró olfateando como un perro de caza el dulce ambiente de cama revuelta que había siempre diluido en aquella habitación, aunque todo estuviera en su sitio. La mujer lo llevaba encima, era una portadora de alcoba deshecha como otros son de la tifoidea. Pero había que intervenir también allí, a pesar de todo. Con sus últimas reservas de voluntad, abrió cajón por cajón, maleta por maleta, y especialmente un bolso dejado sobre la silla. La agenda de cocodrilo de Günter Negocios, pero sin nada especial, a no ser ciertas fechas en un anotador, calendario erótico con el que alguien más entendido que él trazaría una gráfica del celo (91) femenino. Luego, otro capítulo, pero simplemente de horas. Nada para el remate (92) final de M. H. Aquellas horas habrían sido detenidas por la barrera negra. Después, a pesar de utilizarse los mismos símbolos, tomarían éstos otra dirección, como aves migratorias hacia un nuevo verano. Y paz sobre el destino de los seres mortales. Apeló nuevamente a sus restos de energía para volver con el historial del hombre de la caepulla (93), alfileres o la carga microbiana de un estornudo (95). Y todo listo, al menos antes de su inminente muerte propia. No estaba en realidad seguro de nada. Si picadura de alacrán, si las uñas de la pequeña Therese en sus escalas solitarias, si apéndices córneos del gran burgués que repartía agendas finas a su clientela, o si sencillamente el efluvio (96) como último extremo reptar (97) hasta el subsuelo donde vivía la mujer vacuna, el único baluarte (98) de humanidad que quedaba en la casa. No, no es imposible, debe llegar de pie. Un inmundo alacrán, o todos los alacranes de la mansión señorial, constituyen algo demasiado ínfimo (99) en su materialidad para voltear a un hombre como él, que ha domado las fieras de los objetos de la sala, o que ha descubierto el universo autónomo y al revés de las piernas bajo las mesas con la misma veracidad de un espejo en el suelo. Justamente cuando empezó a desnudarse en medio de la cocina para que ella lo revisase desde el pelo a las uñas de los pies (Marta, han traído un alacrán entre la leña, no me preguntes nada más), fue que ocurrió en el mundo la serie de cosas matemáticas, esta vez con cargo al espejo del cielo, el único que podría inventariarlas en forma simultánea, dada su postura estratégica. Uno: el ladrido doble de los daneses anunciando la llegada del coche. Dos: las cinco de la tarde en todos los relojes. Tres: el chofer uniformado, gorra en mano, que abrió la portezuela para que ellos bajasen. En esa misma instancia se oían los gritos de la niña Therese anulando los ladridos, trenzándose con la vibración que las horas habían dejado por el aire tenso: “Felipe, amor mío, aquí estamos de nuevo. ¿Qué hiciste preparar para el té? Traigo un hambre atroz de la playa.” Cuatro: El entrevió (100) unos senos en forma de perilla girando en los remolinos de la próxima marea, entre la epilepsia musical del disco a prueba de gritito de derrumbes íntimos, y cayó desvanecido de terror en los brazos de la fogonera (101). En ese preciso minuto, formando parte de la próxima imagen número cinco, la que el propio hacedor de los alacranes se había reservado allá arriba para el goce personal, un bicho de cola puntiaguda iba trepando lentamente por el respaldo del asiento de un camión fletero, a varios kilómetros de Villa Therese y sus habitantes. Cierto que el viaje de ida y vuelta por el interior del vehículo había sido bastante incómodo. Luego, al llegar al tapiz de cuero, la misma historia. Dos o tres tajos (102) bien ubicados lo habían tenido a salvo entre los resortes. Pero después estaba lo otro, su último designio alucinante. Quizás a causa del maldito hilo como de marioneta que lo maneja no sabe desde dónde, empezara a titubear a la vista de los dos cuellos de distinto temperamento que emergían por encima del respaldo. Nunca se sabe qué puede pensar un pequeño monstruo de esos antes de virar (103) en redondo y poner en función su batería de popa.
Seis: Sin duda fue en lo que duró esta fatídica opción, que la voz de dos hombres resonó en el aire quieto y abrasado de la tarde:
– Lo largamos en escombros al tipo de la pechera almidonada, ¿qué te parece, compañero?
– Puercos, la casa que se tenían para de vez en cuando. Merecen que un alacrán les meta la púa, que revienten de una buena vez, hijos de perra...


 

 Vocabulario:

1 Veranear: Estar pasando las vacaciones de verano en cierto sitio.
2 Camionero: El que maneja un camión.
3 Leña: Conjunto de matas o ramas secas, trozos de tronco o madera de cualquier clase, destinados a hacer fuego.
4 Sesos: Cerebro.
5 Mirar de reojo: Mirar hacia un lado sin volver la cabeza, o mirar por encima del hombro.
6 Tipo al volante: Hacer rápido una comunicación sin las formalidades de una carta u oficio (a veces impresa).
7 Hender: Abrir. Cortar. Partir. Rajar. Dividir en dos partes una cosa sólida dando en ella un golpe con un instrumento cortante o introduciendo el instrumento en ella.
8 La víbora atravesada en el camino: la raya blanca que separa el camino o carril en la carretera.
9 Carteles ruteros: Avisos que se encuentra en la carretera.
10 Rectamente: Correctamente.
11 Atiborrar: Llenar un recipiente con cualquier cosa apretándola mucho.
12 Adelantar: Obtener ventaja con cierta cosa; se usa particularmente en frases negativas o interrogativas:
‘No adelantamos nada con decírselo. ¿Qué adelantas con disgustarte?’
13 En patentar el descubrimiento: en discutir su percepción de las acciones de los ricos.
14 Punzar: Pinchar.
15 Bache: Hoyo o desigualdad en una carretera o camino, que hace dar sacudidas a los carruajes.
16 La mala espina: DAR a alguien MALA ESPINA una cosa. Hacerle pensar que ocurre o va a ocurrir algo malo o desagradable.
17 Apopléjico: El que sufre de apoplejía (Paralización súbita del funcionamiento del cerebro por un derrame sanguíneo en el cerebelo o en las meninges).
18 Volante: En los automóviles, rueda que mueve con las manos el conductor, la cual transmite su movimiento a las ruedas del coche orientando a éste.
19 Sadismo: Acción de provocar padecimiento para proporcionarse ese placer. Particularmente, de provocarlo en la persona que es objeto de deseo sexual para excitar este deseo. Vulgarmente se emplea como equivalente de crueldad refinada.
20 Restregarse: Rozar una cosa a otra con aspereza: ‘El respaldo de la silla restriega la pared’.
21 Encajar: Meter una cosa o una parte de ella en un hueco de otra en la que queda ajustada: ‘Se encaja un madero [la espiga de un madero] en una muesca del otro’.
22 Zonzo: Soso; falto de gracia.
23 Estirar la pata: morir.
24 Aminorar: Disminuir cierta cosa.
25 Oruga: En inglés, “caterpillar”.
26 Césped: Hierba corta y espesa que cubre el suelo, crecida naturalmente, o criada artificialmente en un parque o jardín.
27 Rapado: afeitado.
28 Afiche: En inglés, “poster”.
29 Tapicería: Telas destinadas a colgaduras y a tapizar muebles.
30 Candado: Cerradura de llave.
31 Arcón: Un arca grande. (Caja grande, generalmente de madera, cubierta con una tapa generalmente abovedada, a veces decorada, destinada a guardar ropas y objetos.).
32 Daneses: En inglés, el perro “Great Dane”.
33 Arroyo: Riachuelo. Río muy pequeño.
34 Limítrofe: Respecto de un país o territorio, el que tiene límites con él: ‘Bélgica es un país limítrofe de Francia’.
35 Derroche: Acción de derrochar. Gasto excesivo o innecesario.
36 Mucamo: Criado o sirviente.
37 Arrebatar: Arrastrar o llevarse algo con prisa o violencia.
38 Pechera: Parte central del delantero de la camisa de hombre, que queda al descubierto por la abertura de la chaqueta y el chaleco.
39 Volcadora: Mecanismo que permite tumbar un recipiente.
40 Astilla: Trozo irregular desgajado o partido toscamente de una pieza de madera.
41 Meadero: Muy vulgar, urinario.
42 Envanecido: vanidoso.
43 Bocina: Instrumento de forma de cuerno, generalmente hecho con uno de éstos, que suena como la trompa.
44 Finca: Terreno de extensión considerable que posee alguien, en el que puede haber montes, lagos o cualquier otro accidente del terreno, y también casas.
45 Vaticinar: Presagiar o predecir; anunciar por [con] ciertos signos, o por adivinación, algo que va a ocurrir.
46 Aserrín: En inglés, “sawdust”.
47 Crin: Conjunto de pelos largos que tienen algunos animales, particularmente el caballo, sobre el cuello.
48 Giba: Chepa. Joroba. Abultamiento producido en la espalda o el pecho por una torcedura de la columna vertebral.
49 Moldura: Adorno arquitectónico que se pone a lo largo de las fachada.
50 Berrido: Grito del que berrea.
51 Subsuelo: La parte de la fina que considera ajena a la propiedad del dueño.
52 Embutir: Meter en un material una pieza o un trozo de otro material, de modo que quede bien sujeto en él: ‘Embutir una viga en la pared [un metal en otro]’.
53 Desvaídamente: Pálidamente.
54 Desparramado: Dispersado, esparcido.
55 Alfiler: Objeto de metal, delgado como una aguja, con punta en un extremo y cabeza en el otro, que se clava, por ejemplo para sujetar una tela con otra.
56 Zarpa para rastrear el jardín: rastrillo o en inglés “rake”.
57 Estibado: Apretado.
58 Planta principal: piso principal.
59 Zócalos: La losa de la parte inferior del muro de una habitación, diferenciada del resto por el color, el revestimiento, etc.
60 Mimetismo: Propiedad de algunos animales y plantas de parecerse, especialmente en el color, a las cosas, en particular a los elementos vegetales entre los cuales viven; con lo cual pasan inadvertidos de sus posibles enemigos.
61 Fleco: Adorno consistente en una serie de hilos o cordones colocados uno al lado de otro.
62 Dilatarse: Demorar.
63 Garratazo: Golpe de garrote (Palo grueso y pesado que se utiliza como bastón, como arma, etc.).
64 Hucha: Caja, vasija o recipiente de cualquier forma o material destinada a guardar dinero, con una ranura por la cual se echa éste, que no se puede sacar si no es rompiendo la vasija o abriendo la caja, etcétera, con llave..
65 Curare: Veneno muy activo que los indios de América Meridional extraen de la raíz del bejuco «maracure» y de la corteza de diversas plantas loganiáceas del género «Strychnos», con el cual envenenan sus flechas.
66 Desasosiego: Ansiedad.
67 Alcahuete: Mediador en relaciones amorosas o sexuales irregulares o encubridor de ellas.
68 Gaveta: Cajón corredizo de los escritorios.
69 Trusas: pantalón.
70 Sostén: Prenda de ropa interior femenina para ceñir el pecho conformándolo.
71 Garrapatear: Trazar garabatos (Dibujo o letra mal hecho).
72 Tocólogo: Médico cirujano que asiste a partos. Comadrón.
73 Mascullar: Decir una cosa sin pronunciarla distintamente, como murmurando, titubeando o gruñendo.
74 Moribundo: Se aplica al que está a punto de morir.
75 Legado: Herencia. Cosa dejada a alguien en testamento.
76 Doloso: Fraudulento.
77 Agio: Actividad que consiste en negociar con el cambio de moneda o con valores en la bolsa.
78 Canalla: Bandido, bellaco, mala bestia, mal bicho, felón.
79 Acotación: Nota. Advertencia o comentario puesto en un escrito, particularmente en el margen.
80 Pagaré: Documento en que alguien se declara obligado a pagar cierta cantidad.
81 Vale: Papel canjeable por cualquier cosa; por ejemplo, el que se da en una tienda a cambio de un género devuelto para poder comprar algo con él en otra ocasión; el que se da alguien para que recoja con él un donativo o regalo o el que se da en algunas tiendas consignando el importe de la compra efectuada, para canjearlos cuando se reúne una cierta cantidad por un regalo.
82 Clemencia: Misericordia. Sentimiento de pena por los que sufren, que impulsa a ayudarles o aliviarles.
83 Usura: Interés excesivo o ilegal obtenido por un préstamo.
84 Anfitrión: Persona que tiene invitados, con respecto a éstos.
85 Esplendente: Resplandeciente.
86 Rodillo: Pieza cilíndrica de madera, piedra, etc., que constituye un utensilio o una parte de un utensilio o máquina.
87 Pulidor: El que pule (suavizar la superficie de un objeto).
88 Atar todos los cabos sueltos: En inglés, “putting all the pieces together”.
89 Cepo: Cualquier artefacto con que se sujetan los pies de los presos para que no puedan escapar.
90 Escote: Abertura grande alrededor del cuello en una prenda de vestir, que deja al descubierto la garganta y, a veces, parte del pecho y la espalda.
91 Celo: Estado de exacerbación del apetito sexual en los animales. Época en que lo tienen.
92 Remate: Cualquier cosa que constituye el final de otra.
93 Caepulla: “Cae” + “pulla” (Broma. Burla. Chanza. Chirigota). El que cae víctima de la burla.
94 Desparramar: Dispersar o esparcir.
95 Estornudar: Arrojar violentamente por la nariz y la boca, en un movimiento involuntario y brusco del diafragma, con un ruido peculiar que se imita con «¡ hachís !», el aire de los pulmones; por ejemplo, cuando se está acatarrado.
96 Efluvio: Algo agradable, como olor, vapor o gotas finísimas, que se desprende de un cuerpo y se mantiene en el ambiente: ‘Los efluvios de la primavera’.
97 Reptar: Andar con el cuerpo tocando el suelo, como los reptiles.
98 Baluarte: Bastión o forteleza.
99 Ínfimo: Muy malo o lo peor de todo lo que se considera: ‘Fabrican tejidos de clase ínfima’.
100 Entrever: Atisbar o vislumbrar: ver una cosa aunque no con claridad: ‘Allá lejos entreveo unos tejados’.
101 Fogonera: Amo de casa.
102 Tajo: Corte profundo hecho con un instrumento cortante: ‘Se dio un tajo en un dedo’.
103 Virar: Volverse cambiando de dirección o de orientación, particularmente un vehículo en marcha y más particularmente un barco: ‘El barco viró a sotavento’. Puede también hacer de sujeto el que lo dirige: ‘Viré
a la derecha para no atropellar al perro’.

domingo, 24 de noviembre de 2024

Cuadro comparativo entre "El Quijote" y "Amadís de Gaula"

                                Amadís de Gaula                                              Don Quijote de la Mancha

Género literario    Novela de caballerías clásica          Parodia de la novela de caballerías 
Autor / Autoría     


Garci Rodríguez de Montalvo
(parte significativa) /
 carácter anónimo en orígenes 


           

                     Miguel de Cervantes Saavedra 



Fecha / Contexto históricoSiglo XVI (caballerías medievales) 

Principios del siglo XVII (Siglo de Oro Español) 


Protagonista         héroe
Amadís: caballero ideal, noble, valiente

               

           
               Don Quijote / Alonso Quijano: un hidalgo                            envejecido, idealista, muchas
                                   veces ridículo 


Dama / Amor idealizadoOriana (princesa)                                        

                                          Dulcinea del Toboso (Aldonza                                                                           Lorenzo),dama
                                                 idealizada por Quijote, labradora.



Escudero       Gandalín, un escudero noble.                     Sancho Panza, campesino práctico y realista 


Tipo de aventuras  


 Aventuras fantásticas, mágicas y         caballerescas 


Aventuras absurdas, grotescas, trágico-cómicas 



Estructura de la obra



Mundo abierto, descendencia (Amadís tiene continuaciones con hijos) 



Aventuras intercaladas, episodios muy variados.


Final del héroeAmadís generalmente no muere en las versiones clásicas de sus libros Don Quijote muere (en cama) al final, según algunas interpretaciones. 



Valores / Temas principales



Honor, fama, servicio a la dama, identidad caballeresca 



Crítica de los ideales caballerescos, realidad vs fantasía, locura, identidad. 



Monstruos /enemigos



Gigantes, seres míticos, magia propia de novelas de caballería 



Molinos de viento (símbolo), ovejas, situaciones ridículas, no monstruos literales 



Lugar de las aventuras



Castillos, reinos lejanos, tierras fantásticas 



Campos de La Mancha, ventas, mundo real transformado por la mente de Quijote 



Relación entre las obras



Obra modelo de caballerías, influyente en la tradición literaria 



Cervantes la parodia directamente; Don Quijote imita a Amadís y hace referencia a él muchas veces.